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CORSO FORMAZIONE MONASTICA |
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22. 08. 2007
Abad General Mauro Esteva Sin tiranía ni envidiaQueridos estudiantes, Llegados de nuevo en vuestro Colegio, empezamos el presente curso también con esta celebración de la misa conventual, que os convocará cada día y dará comienzo a la jornada laboral como en vuestro monasterio. Reunida la comunidad para escuchar la Palabra de Dios con mente y corazón dóciles, sin miedo a lo que Dios os pida en su llamada diaria, seguiréis vuestro camino de crecimiento humano, cristiano y monástico. La primera lectura bíblica de hoy nos presenta los habitantes de Sichen y de Bet-Millo que, deseosos de tener un monarca, se reunieron bajo la Encina de las Estrellas, en Sichen para proclamar rey a Abimelech. Sabemos que en varios pasajes del A.T. encontramos dos corrientes: uno monárquico y otro contra la monarquía. Iotam, que era contrario a la monarquía (absoluta), se presentó en la cima del monte Garizim e ilustró su oposición a proclamar por rey otro que no fuera el Señor, único rey, y lo hizo con una bella imagen sacada de la botánica: ni el olivo, ni la higuera, ni la vid quisieron renunciar a dar su fruto a los hombres para pasar a dominar sobre los otros árboles. Los que tenían dones y talentos para el bien común no aceptaron candidatarse y sólo quedó el zarzal, improductivo, que aceptaba la candidatura y ofrecía su sombra, porque de lo contrario saldría de él un fuego devorador de los cedros del Líbano. A cambio de muy poca cosa (la sombra) amenazaba con abrasar los bosques, si no le ungían como rey. Qué sacamos de esta lectura? No sé si todos vosotros habéis participado en alguna elección abacial en vuestro monasterio o en la de consejeros, pero no excluyáis que en el monasterio no se darán estas tratativas previas a una elección, tal como hemos oído en la primera lectura. La comunidad monástica, compuesta por buscadores de Dios, según la Regla de San Benito,[1] no está libre de ambiciones cuando llegan estas situaciones y por esto la primera lectura de la Liturgia de la Palabra nos ayuda hoy a reflexionar sobre cómo comportarnos en la vida cotidiana del monasterio para que cuando lleguen estas circunstancias no seamos ni manipulados ni manipuladores. La autoridad, es decir, coordinar los dones y talentos de todos para el bien común, debe ser ejercida por quien esté dispuesto a dar la vida en este servicio de acomodarse a muchas maneras de ser sin buscar el propio provecho. Para hacer esta función se precisa también humildad, porque el coordinador de los talentos de los otros, únicamente tiene el don de utilizar los carismas de los demás, pero, a veces, careciendo él de casi todos ellos, deberá ejercer su función sabiendo que él no posee nada de lo que los otros tienen, como don de Dios, y están dispuestos a servir al Señor con los dones y talentos que Él ha puesto en ellos. El coordinador debe administrar la riqueza de los otros en bien de todos y no como un tirano. El coordinador no puede olvidarse de la propia limitación y de las necesidades del monasterio y debe intentar conocer cómo hacerles frente a través de lo que saben hacer los demás, y así sabrá reconocer que los resultados obtenidos no son conseguidos por su propio mérito y no podrá envanecerse ni creerse el mejor y primero de todos, sino el servidor de los demás y el último de todos siguiendo el ejemplo del Señor en la última cena. El mismo San Benito nos dice: Por eso nos hemos percatado de que, para la guarda de la paz y caridad, conviene que dependa del arbitrio del abad la organización del monasterio. Y, a ser posible, provéase, por medio de los decanos, como ya dispusimos, a todas las necesidades del monasterio, según haya determinado el abad. A fin de que, participando muchos, no se ensoberbezca uno[2]. No olvidéis que la autoridad moral, fundamentada sobre el constante modo de obrar de las personas, se adquiere desde el primer día de vuestro ingreso en el monasterio: disponibilidad para el servicio, para la obediencia-colaboración con el abad y con todos para el bien común, son dos de los muchos aspectos de que está revestido quien adquiere autoridad moral con su manera de actuar. El salmo responsorial[3] pide la bendición de Dios sobre el rey para que, a través se su servicio, venga la bendición y la felicidad sobre el pueblo. Lo mismo ocurre con quienes tienen la misión de coordinar los talentos y dones de los miembros de nueva comunidad: con buena salud, entusiasmo y serenidad y sin aprovecharse de su posición para bien propio, podrán sacar gran provecho del potencial de carismas existente en la comunidad. Por esto hay que rogar por ellos durante la Liturgia de las Horas. En el fragmento de la carta a los Efesios[4], que sirve para el aleluya, pedimos al Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos conceda el espíritu de sabiduría, para que podamos conocer cual es la esperanza de nuestra llamada. Es decir, buscar las cosas de arriba no las de la tierra, pero si hay que buscarlas para el bien de la comunidad, también esto hay que hacerlo con sabiduría. La parábola de los jornaleros nos enseña que el Señor llama en todas las edades de la vida. Sin embargo en cada comunidad estable hay edades diversas, aunque generalmente todos fueron, en su día, llamados a primera hora, pero los que, pasados algunos años se acercaron a las puertas del monasterio, y son considerados como llamados en la hora de vísperas, si leemos la historia del monasterio como un viejo espacio que alberga la pequeña Iglesia formada por miembros de diversas edades podríamos tener la impresión que todos llegaron a distinta hora del mismo día, pero es sólo aparentemente, porque si miramos el catálogo, vemos que casi todos llegaron a la primera hora de su edad, aunque en distinta época. En vuestra comunidad, seguro, hay representadas las diversas edades de la vida y es muy bueno que sea así. Mucho han cambiado las cosas desde que entraron los que ahora son los decanos de la comunidad. Ellos no gozaron de lo que vosotros estáis recibiendo, ni tuvieron las oportunidades que son dadas a vosotros, pero no están comidos por la envidia, al contrario, se alegran de veros crecer y de que dispongáis de los medios que ellos en tiempo de su juventud no conocieron, porque ni siquiera existían. Por parte vuestra recordad que San Benito nos recomienda seniores venerare[5], es decir, respetar y venerar la virtud y experiencia de los ancianos, soportando el posible estancamiento de la inteligencia y los achaques corporales: los ancianos, a su vez, movidos por el iuniores diligere[6], aman y colaboran, sin envidia, para que esa energía primera, ese frescor de los ideales de la juventud, sean comprendidos caritativamente en sus justos anhelos de renovación y en la impetuosidad de su entusiasmo. Así la caridad reinará en vuestra comunidad y suavizará los movimientos del organismo monástico. Al regresar a vuestra comunidad los seniores deberían poder constatar que vuestros estudios no han alargado la distancia que la edad puede haber interpuesto entre vosotros y ellos, porque, si ven vuestra disponibilidad, solicitud y gratitud por lo recibido, verán que dejan el monasterio en manos de personas responsables y podrán, como el anciano Simeón, entonar su cántico: Ahora, Señor, deja ir en paz a tu siervo…, porque llegada para ellos la hora de completas ya se preparan para cerrar su jornada monástica que ha tenido una diversa duración y diferente desarrollo para cada uno de ellos. En la colecta del oficio ferial de esta semana, pedimos: haz que la humanidad no repita el trágico rechazo de la verdad y de la gracia, sino que sepa discernir los signos de los tiempos para ser salvada en tu nombre[7]. Los signos de los tiempos históricos que os toca vivir son muy inciertos, pero no lo serán tanto, si en vuestras comunidades, que quizá viven en el ocaso de su vida, vosotros podéis comunicar a vuestros hermanos y hermanas, cuando regresaréis, vuestro respeto y gratitud. Haciéndolo así, vuestro vivir bajo la guía del Evangelio se hará un atractivo tanto para los que son vuestros padres y madres en el monacato y como también para los que llamen a la puerta del monasterio y encuentren un comunidad bien vista de todo el pueblo[8]. Esta será vuestra mejor pastoral vocacional y premio a la fidelidad de vuestros mayores: sin tiranía en el ejercicio de la autoridad, ni envidia de los dones y talentos que los otros han recibido y que, bien coordinados, sirven para el bien de todos. Así el monasterio será la Escuela de imitadores del Servicio del Señor: el primero se haga el último y el que gobierna sea el servidor de todos y cada uno los sea para sus hermanos[9]. Así sea.
Lecturas: Jueces, 9,6-15. Mateo, 20,1-16ª. [1] Regla de San Benito 58,7 [2] RB 65, 11-13. [3] Sl 20/21 [4] Ef 1,17-18. [5] Regla de San Benito, 4,71. [6] Ibidem, 4,72. [7] Colecta de la semana 20 del tiempo ordinario. [8] Hech 2,42-47. [9] Jo 13,1-15.
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