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CORSO FORMAZIONE MONASTICA |
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22. 08. 2007 PER DUCATUM EVANGELIIEn el prólogo de la Regla de San Benito hallamos esta feliz expresión, tomando por guía el Evangelio[1], que debería dar orientación a nuestra formación ya desde el primer momento de iniciarla. Durante el largo camino, tendremos que ir siempre precedidos por la figura del Buen Pastor, tal como se ha dignado mostrarse a nuestros ojos en el Evangelio, liberando la oveja prisionera entre zarzales, que es la naturaleza humana, cautiva de sus pasiones, en la que el Logos se encarnó. Él, como le hallamos en el Evangelio, será la norma de vida, la medida de nuestra justicia, a fin de que vuelvas por el trabajo de la obediencia [de Cristo] a Aquel [a Dios] de quien te habías separado por la desidia de la desobediencia[de Adán][2]. El monje deberá ir siempre en pos de Él, y toda nuestra existencia deberá ser una labor constante de conformación con este modelo, con este Hombre-tipo que es Jesucristo. Su misma vida divinizará la nuestra, y su ejemplo soberano reformará nuestros actos. Él será el supremo ideal del monje, que no debe anteponer nada al amor de Cristo[3], y la Regla repite la misma expresión de forma más absoluta y enfática, al final del penúltimo capítulo, con esta palabras: nada absolutamente nada antepongan al Cristo[4]. El Papa Juan Pablo II nos lo dijo con otras palabras : Jesucristo es la vía principal de la Iglesia. Él es nuestra vía hacia la «casa del Padre»[5] y es también el camino para cada hombre»[6]. También para Benito el hombre en sentido pleno es Jesucristo, es el Hombre–tipo, que excluye todo antropocentrismo autosuficiente y lo cambia por un antropocentrismo abierto hacia el otro como dice la encíclica Redemptor hominis de Juan Pablo II. El actual Papa, Benedicto XVI, comentando y glosando a su predecesor, dice que todo antropocentrismo que intenta borrar Dios como concurrente del hombre se ha cambiado, desde hace tiempo, en nausea del hombre y por el hombre. El hombre ya no puede considerarse centro del mundo y tiene miedo de si mismo por razón de su propia potencia destructiva[7]. Cuando el hombre es colocado en el centro excluyendo a Dios, el equilibrio complexivo se trastorna y entonces toma valor la palabra de la carta a los Romanos[8] en donde leemos que el mundo, arrastrado en el dolor y en el gemido del hombre deteriorado en Adán, está, desde entonces, en espera de su liberación con la llegada de los hijos de Dios. Precisamente porque el Papa Juan Pablo II llevaba Cristo en el centro de su corazón, empezaba su Pontificado con la decidida confesión de Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo a la que Cristo respondió: Tú eres Pedro —roca, piedra— y sobre ti, como sobre una piedra, edificaré mi Iglesia[9]. El nuevo Pedro comenzaba a caminar tomando día a día más i más conciencia de quién era y porque creía en lo que decía y hacía, llegado a la ancianidad, abría, con sorprendente fuerza, la Puerta Santa en el año 2000 para empezar del Jubileo, durante el cual, con su característica y recia voz, gritaba: Non abbiate paura di accogliere Cristo e di accettare la Sua potestà! Anzi spalancate le porte a Cristo![10], como si quisiera abrir de par en par las puertas del corazón de los jóvenes a Cristo, ya que únicamente con la venida de Cristo los hijos de Adán pueden llegar a ser hijos de Dios y el hombre y la creación pueden vivir en su libertad. La antropología de Juan Pablo II es, por tanto, en su núcleo más profundo, teocentrismo, que en San Benito se expresa así: no anteponer nada al amor de Cristo[11], que es Dios, y también nada absolutamente nada antepongan al Cristo[12], tantas veces repetido por Benedicto XVI. El antropocentrismo cristiano en San Benito se hace concreto cuando dice: Ante todo y sobre se debe cuidar de los enfermos, de modo que se les sirva como a Cristo en persona, porque Él mismo dijo: Enfermo estuve y me visitasteis[13] y también hablando de los huéspedes, porque en ellos se recibe a Cristo huésped fui y me recibisteis[14] y cuando trata del Abad dice: el abad porque se cree que hace las veces de Cristo en el monasterio se le llamará con su mismo nombre Abba, Pater y Kyrios o Señor [15] y, si toda la Regla es vivir per ducatum Evangelii, bajo la guía del Evangelio, toda ella tiene una base cristológica, que debéis descubrir en su lectura y estudio; basta con leer detenidamente el capítulo cuarto en donde hallaréis las bienaventuranzas, el decálogo, las obras de misericordia. Primeramente, pues, hay que seguir esta iniciación al Cristianismo tanto la que nos dan el Evangelio, el Magisterio de la Iglesia y la Regla, así como otros libros que os abren de par en par las puertas hacia el conocimiento de Cristo para centrar vuestra vida en él. De ahí viene que, en el presente curso, el primero de un nuevo Triennium, está el tema de la lectura cristológica de los salmos, que es la parte de la Biblia más leída por los monjes y constituye nuestro libro de oración, como lo sabemos por la lectura de todo el llamado código litúrgico al que San Benito dedica varios capítulos[16]. Todas las demás materias del Trienio de Formación Monástica giran alrededor de este tema de tal manera que vuestro futuro, hecho ya presente, debe ser un aprender a caminar en vuestra transformación en Cristo. Vuestra misma convivencia en el Colegio San Bernardo puede ser esta introducción al Cristianismo para que después, al regresar al propio monasterio, al terminar el Trienio, se vea que algo ha ocurrido en vuestra vida, un cambio, una conversión. Cuando se vive en comunidad hay que observar unas normas de comportamiento, cierto, pero la formación cristiana no es sólo un conjunto de ceremonias que por si mismas ya realizan esta transformación. Al final de la visita canónica realizada a una comunidad, en la que hay un grupo de jóvenes en período de iniciación, al redactar la carta de visita, les escribí : …a la espiritualidad que da la Regla de San Benito, es a decir: hacer de los monjes hombres centrados en Cristo, serviciales, solícitos para el oficio divino, obedientes colaboradores con el Abad para el bien común, humildes y pacientes para suportar las flaquezas de los hermanos tanto las físicas como las morales, acogedores de los huéspedes. Así pues, no penséis jamás que, cuanto menos durmáis, menos comáis, más frío paséis o más calor soportaréis, más monjes seréis, sino que, cuánto más buena salud tengáis y con los dones y talentos recibidos del Señor más desarrollados, mejor le vais a servir presente en los hermanos y podréis mantener el diálogo entre fe y cultura que permitirá escribir nuevas páginas a la historia de este monasterio[17]. Por esto en el programa de formación preparado para vosotros, jóvenes monjes y monjas seguidores de la Regla de San Benito, también se ha tenido en cuenta esta formación integral: humana, cristiana y monástica a fin de hacer de vosotros personas capaces de entablar diálogo entre fe y razón, ya que vosotros conocéis, mucho mejor que nosotros cuando teníamos vuestra edad, los diversos aspectos de la cultura y que son los siguientes: Géneros de vida, o sea, costumbres y ocupaciones de las distintas clases sociales en el ambiente rural o urbano donde se distribuyen. Progresos técnicos, o sea, realizaciones afortunadas para el bienestar material de los pueblos, entre ellas, los inventos. Corrientes ideológicas, o sea, actitud de los hombres ante los principales problemas del mundo y de la vida. Corrientes científicas, o sea, expresión del desarrollo de las distintas Ciencias. Manifestaciones estéticas, en las que se comprenden las de carácter artístico (arquitectura, escultura, pintura, música) y las de tipo literario (poesía, dramaturgia, ensayo, novela, etc.). Religiosidad, o sea, concepciones religiosas, morales, y escatológicas (más allá de la tumba) de la sociedad. Transmisión de la cultura (escuelas, universidades, academias. etc.). Estos aspectos se repiten en todas las culturas, es decir, dondequiera que hay una lengua distinta de otra, allí hay una cultura y, consecuentemente, también una nación[18] en la que se pueden contemplar todos ellos, de manera más o menos evolucionada y diferente, según la geografía donde se desarrolla. Un curso de formación monástica no excluye de su programa, en manera alguna, la cultura humanística y por esto hemos enumerado los aspectos su historia[19], porque consideramos necesario conocerlos para establecer este diálogo entre fe y cultura, del que antes hemos hablado[20]. También es importante guiarnos por la encíclica Razón y fe, de Juan Pablo II[21], y por esto se incluyen visitas, acompañados por profesores competentes, a la Roma antigua, a la cristiana, a la del Renacimiento, y a la del Barroco hasta llegar a nuestros días sin excluir que se programen, durante el curso, excursiones, también guiadas, fuera de Roma con la misma finalidad. Toda conversión presupone la formación para hacer el recorrido de cambio y requiere la conversión intelectual que incluye: acoger el “dato”; la necesidad de crecer; la conversión moral, con dos teorías del desarrollo moral, y una moral del don de sí; la conversión religiosa, que pide la unión, no la simbiosis y también la nostalgia entre límite y deseo; la conversión afectiva que integra la dependencia y la confianza en sí mismo y la consiguiente liberación. De ahí viene que el Trienio comprenderá estudios de psicología, sociología, arte, además de las materias que se consideran más propias de la formación religiosa y monástica, empezando por los fundamentos bíblicos de la vida consagrada. El Trienio a seguir no es una especie de “cursillo”, que ya su mismo nombre, en diminutivo, parece indicar un breve período y casi algo poco profundo o como de unos días de asueto. Se ha intentado llegar a dar oficialidad a los estudios hechos durante el Curso una vez superados los exámenes. En el Colegio San Bernardo se dan las clases, pero en el propio monasterio se estudia durante el año y, durante el curso siguiente, si los alumnos presentan al examen, sea oral sea escrito, y han redactado un elaborado sobre un tema que les habrá asignado un profesor que les guiará en su búsqueda, entonces se recibirá el certificado que dará oficialidad al estudio realizado, tal como habréis leído en el tríptico que ha sido enviado a vuestros monasterios para ofrecer a vuestros superiores y superioras esta oportunidad de cuidar de vuestra formación. Los cursos están pensados para vosotros a fin de acompañaros respetuosamente en vuestro crecimiento y ofreceros lo que nosotros, por desgracia, no recibimos oportunamente en nuestro tiempo. Hoy, pasados cuarenta años del Capítulo General especial, celebrado después del Concilio Vaticano II, se ha intentado –no sin obstáculos– vertebrar la Orden según las decisiones tomadas en las dos etapas (1968–1969) que duró aquel Capítulo General que trabajó intensamente y con gran esperanza para aplicar a la Orden aquel Concilio que fue un soplo del Espíritu sobre la Iglesia. De todo ello habéis recibido amplia información en el libro Para conocer mejor la Orden Cisterciense[22] y en los apuntes de las clases que han sido publicados en diversas lenguas, así como trabajando en el Archivo de la Curia General. La clara opción por los jóvenes, hecha por el Capítulo General, y de la que tantas veces hemos hablado, es garantía de que no queremos nada más que lo mejor para vosotros, según las posibilidades del momento que nos toca vivir, pero también se os ha dicho que vuestra estancia en Roma es para el estudio responsable y no para hacer vacaciones romanas, más todavía, movidos por el afecto, simpatía y comprensión, se dijo que, si vuestros superiores y superioras os lo permiten, podéis llegar al Colegio, antes de empezar el curso o quedaros en él al terminarlo, para visitar Roma de manera más detenida, aunque también se os ha advertido que, durante el curso, nadie se permita programar visitas de amigos o familiares y menos aún preparar, por su cuenta, salidas del Colegio San Bernardo o incluso hacerlo sin permiso. Si alguien se atreve a ello podrá ser enviado a su monasterio. Tal vez lo que acabo de decir provocará que, prematuramente, entréis en la hora del desencanto, pero en realidad es la hora de la llamada a una entrega más libre y consciente de la propia existencia al Otro: es madurar una confianza total en Dios, con la participación en los sufrimientos de Cristo, en la conformación de su “ser-para-los-otros” para llegar a ser verdaderamente cristianos adultos y responsables, capaces de tomar cuidado del otro en forma estable y con apertura de corazón. Si el Trienio de formación no os conduce a esto, a abrir de par en par las puertas de vuestro corazón a Cristo ¿para qué serviría?
Con lo dicho se da por abierto el presente curso. Gracias por vuestra atención.
Roma, 22 de agosto 2007 [1] Regla de San Benito prólogo, 21 [2] RB pról. 2 [3] RB 4,41. [4] RB 72,12. [5] Jn 14,1 [6] Redemptor hominis 13, citada por J.RATZINGER, Giovanni Paolo II, Ed. S.Paolo, Torino 2007, p.38. [7] J.RATZINGER, Ibidem. [8] Rom 8,19.21–22. Algo entretiene la inquietud del universo, y es la esperanza de que los hijos e hijas de Dios se muestren como son…,porque el mundo creado también dejará de trabajar para que sea destruido, y compartirá la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Vemos que la creación entera gime y sufre dolores de parto. [9] Mt 16, 17. [10] Juan Pablo II, homilía durante la celebración de la Eucaristía al empezar su Pontificado el 22 de octubre de 1978, marcada por el evidente cristocentrismo que se irá desplegando hasta llegar a la afortunada expresión pronunciada el 15 de agosto del año 2000, en Tor Vergara (Roma), en la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, y repetida varias veces desde el inicio de su Pontificado hasta los últimos tiempos de su Magisterio. [11] RB 4,41 [12] RB 72,12 [13] RB 36,1. [14] RB 53,1. [15] RB 2,1-3 y 63,13. [16] RB 8-19. No es de estrañar que el Movimiento Litúrgico, que culmina en la Sacrosanctum Concilium, se iniciara en monasterios benedictinos, donde los monjes, en su deseo de retornar a las fuentes, durante la restauración de la vida monástica después de la Revolución Francesa, descubrían que en la Regla de San Benito, no se hallaba otro sistema de oración que el de utilizar la Palabra de Dios, porque nosotros no sabemos otra forma de orar sino con su misma Palabra, es decir con la recitación de los salmos, la lectura del A.T. y del N.T. y los comentarios de los Padres de la Iglesia, que son la manera como la Iglesia antigua leía la Escritura. [17] Carta a la Comunidad de Poblet, al terminar la vista canónica el 25 de marzo 2007. [18] Juan Pablo II en su discurso a la UNESCO el 1 de junio de 1980 y en tantos de sus viajes. [19] Para ello nos hemos servido de Enric BAGUÉ, Historia de la Cultura y de la Técnica, Ed. Teide, Barcelona 1944, pp 6-7. [20] Por algo Pablo VI declaró San Benito, Patrón de Europa, en Montecasino al inaugurar, en 1964, el monasterio reconstruido, transcurridos veinte años de su detrucción, prácticamente arrasado, en 1944, por un bombardeo aliado. [21] Juan Pablo II, Razón y Fe, promulgada en 1998, muy importante para asignarla al ámbito antroplógico. [22] Preparado, en diversas lenguas, por los alumnos del primer curso de formación en el año 2001.
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