REGLA
DE NUESTRO PADRE
SAN BENITO


con los
artículos de la Declaración
Regla: Introducción y comentario por el Padre Dom Garcia M. Colombás. Traducción y notas por Iñaki Aranguren 3ª edición (Reimpresión);Biblioteca de Autores Cristianos, 2000.
Declaración del Capítulo General del año 2000, principios esenciales de la vida cisterciense actual.
Pról 1-7
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scucha,
hijo, estos preceptos de un maestro, aguza el oído de tu corazón, acoge con
gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica, 2para
que por tu obediencia laboriosa retornes a Dios, del que te habías alejado por
tu indolente desobediencia. 3A ti, pues, se dirigen estas mis
palabras, quienquiera que seas, si es que te has decidido a renunciar a tus
propias voluntades y esgrimes las potentísimas y gloriosas armas de la
obediencia para servir al verdadero rey, Cristo el Señor.
4Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra
buena, pídele con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a
término, 5para que, por haberse dignado contarnos ya en el número de
sus hijos, jamás se vea obligado a afligirse por nuestras malas acciones. 6Porque,
efectivamente, en todo momento hemos de estar a punto para servirle en la
obediencia con los dones que ha depositado en nosotros, de manera que no sólo
no llegue a desheredarnos algún día como padre airado, a pesar de ser sus
hijos, 7sino que ni como señor temible, encolerizado por nuestras
maldades, nos entregue al castigo eterno por ser unos siervos miserables
empeñados en no seguirle a su gloria.
art. 1-2
Art.1. Nosotros, los miembros del Capítulo
General, congregados para proceder a la renovación acomodada de nuestra Orden,
oídos los diversos pareceres y tras madura deliberación, así como después de
haber examinado las relaciones de la encuesta realizada entre todos los
miembros de la Orden, deseamos establecer en primer lugar los elementos
principales de nuestra vocación y de nuestra vida, para indicar los fundamentos
sobre los cuales debe descansar toda la obra de renovación.
En esta Declaración queremos exponer sincera
y noblemente nuestros propósitos acerca de la renovación acomodada, los fines
que perseguimos y los caminos a seguir para conseguirlos.
Art. 2. Con nuestra Declaración de ninguna manera
queremos impedir ulteriores reflexiones o nuevas soluciones, ya que también las
futuras generaciones cistercienses tendrán el derecho y la obligación de buscar
nuevas soluciones más idóneas y mejores de vida monástica, del mismo modo que
lo hicieron los Fundadores de Cister en el siglo XII, y las generaciones que
les siguieron. Así pues seremos verdaderos seguidores de los Padres que
fundaron el "Nuevo monasterio", si no cesamos de buscar nuevos
caminos y maneras mediante los cuales podamos vivir siempre con más plenitud
nuestra vocación según la voluntad de Dios.
Pról. 8-20
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evantémonos,
pues, de una vez; que la Escritura nos espabila, diciendo: «Ya es hora de
despertarnos del sueño». 9y, abriendo nuestros ojos a la luz de
Dios, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz divina que clama:
10«Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones». 11y
también: «Quien tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias». 12¿Y
qué es lo que dice? «Venid, hijos; escuchadme; os instruiré en el temor del
Señor». 13«Daos prisa mientras tenéis aún la luz de la vida, antes
que os sorprendan las tinieblas de la muerte».
14Y, buscándose el Señor un obrero entre la multitud a la que
lanza su grito de llamamiento, vuelve a decir: 15«¿Hay alguien que
quiera vivir y desee pasar días prósperos?» 16Si tú, al oírle, le
respondes: «Yo», otra vez te dice Dios: 17Si quieres gozar de una
vida verdadera y perpetua, «guarda tu lengua del mal; tus labios, de la
falsedad; obra el bien, busca la paz y corre tras ella». 18Y, cuando
cumpláis todo esto, tendré mis ojos fijos sobre vosotros, mis oídos atenderán a
vuestras súplicas y antes de que me interroguéis os diré yo: «Aquí estoy». 19Hermanos
amadísimos, ¿puede haber algo más dulce para nosotros que esta voz del Señor,
que nos invita? 20Mirad cómo el Señor, en su bondad, nos indica el
camino de la vida.
Art. 11. Nuestra intención no es exponer ideales teóricos
y alejados de la realidad de la vida, para conservar o restaurar formas caídas
en desuso, sino más bien examinar nuestra vida actual, moderna, real,
perfeccionarla y señalar los principios para su renovación. Es la vida
monástica cisterciense del XXI que deseamos revisar, aquella vida genuina y
eficaz que corresponde a la vocación concreta que Dios nos ha dado. En efecto,
Dios nos llama en este momento actual, nos quiere santos en esta época, en este
nuestro tiempo, con las posibilidades de los hombres de hoy; quiere que sigamos
a Cristo estando al servicio de los hombres por medio de la caridad.
Nuestra actuación debe estar siempre
fundamentada en la verdad y en la realidad de la vida. Por esto en nuestra
Declaración queremos tener siempre ante los ojos las posibilidades, exigencias
y obligaciones tanto de los individuos como de nuestras comunidades, así como
también las de la Iglesia y las de la vida del mundo moderno.
Este sentido de la realidad, de ninguna
manera hemos de pensar que significa la aceptación o aprobación de las
imperfecciones y de los vicios de la situación actual como si, satisfechos con
la vulgar y corriente realidad, no quisiéramos tender siempre a lo mejor.
Rechazamos con razón tal modo de pensar, como contrario a la misma esencia de
la vida religiosa, es decir, a la búsqueda de la vida de perfecta caridad.
Sabemos muy bien que los ideales más nobles y los propósitos más sublimes, de
nada servirían si los hombres a quienes se proponen no los aceptan libre y
espontáneamente y los ponen en práctica eficazmente.
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iñéndonos,
pues, nuestra cintura con la fe y la observancia de las buenas obras, sigamos
por sus caminos, llevando como guía el Evangelio, para que merezcamos ver a
Aquel que nos llamó a su reino.
22Si deseamos habitar en el
tabernáculo de este reino, hemos de saber que nunca podremos llegar allá a no
ser que vayamos corriendo con las buenas obras. 23Pero preguntemos
al Señor como el profeta, diciéndole: 24Señor, ¿quién puede
hospedarse en tu tienda y descansar en tu monte santo?, 25Escuchemos,
hermanos, lo que el Señor nos responde a esta pregunta y cómo nos muestra el
camino hacia esta morada, diciéndonos: 26«Aquél que anda sin pecado
y practica la justicia; 27el que habla con sinceridad en su corazón
y no engaña con su lengua; 28el que no le hace mal a su prójimo ni
presta oídos a infamias contra su semejante». 29Aquel que, cuando el
malo, que es el diablo, le sugiere alguna cosa, inmediatamente le rechaza a él
y a su sugerencia lejos de su corazón, «los reduce a la nada», y, agarrando sus
pensamientos, los estrella contra Cristo.
30Los que así proceden son los
temerosos del Señor, y por eso no se inflan de soberbia por la rectitud de su
comportamiento, antes bien, porque saben que no pueden realizar nada por sí
mismos, sino por el Señor, 31proclaman su grandeza, diciendo lo
mismo que el profeta: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre,
da la gloria», al igual que el apóstol Pablo, quien tampoco se atribuyó a sí
mismo éxito alguno de su predicación cuando decía: «Por la gracia de Dios soy
lo que soy». 32Y también afirma en otra ocasión: «E1 que presume,
que presuma del Señor». 33Por eso dice el Señor en su evangelio:
«Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al
hombre sensato, que edificó su casa sobre la roca. 34Cayó la lluvia,
vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa; pero no se
hundió, porque estaba cimentada en la roca». 35Al terminar sus
palabras, espera el Señor que cada día le respondamos con nuestras obras a sus
santas exhortaciones. 36Pues para eso se nos conceden como tregua
los días de nuestra vida, para enmendarnos de nuestros males, 37según
nos dice el Apóstol: «¿No te das cuenta de que la paciencia de Dios te está
empujando a la penitencia» 38Efectivamente, el Señor te dice con su
inagotable benignidad: «No quiero la muerte del pecador, sino que cambie de
conducta y viva».
Art. 12. La renovación de nuestra vida
religiosa ha de abarcar todos los aspectos de la vida, y por esta razón debemos
tener en cuenta todos sus elementos constitutivos, y a cada una de sus partes
debemos atribuir la importancia que les es propia. Sería completamente falso
valorizar algunos aspectos de nuestra vida, como si en ellos solamente se
realizase la esencia de la vida cisterciense, descuidando algunas otras dejándolas
como suplementarias, o incluso como un obstáculo para vivir realmente nuestra
vida monástica. Por tanto, somos y debemos ser verdaderamente cistercienses en
todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, no solamente cuando nos
reunimos para la oración o en el cumplimiento de las observancias comunitarias,
sino también y de una manera especial en los trabajos, en los estudios, en el
ministerio sacerdotal, en la oración privada, en el servicio de los hombres en
sus necesidades, etc.
Buscamos, pues, una visión
integral que armonice y regule todas y cada una de las partes de nuestra vida
en un solo y único servicio de Dios. Puesto que algunos elementos de la vida
cisterciense actual, no conciernen a todos los miembros de la Orden (por
ejemplo, el sacerdocio) o no se refiere a todos los monasterios (como la
educación de la juventud o la cura pastoral) con todo debe examinarse la importancia
de tales actividades y reconocer todo su valor. Los elementos de la vida monástica
que en la Regla o en los inicios de la orden apenas se conocían, por esta misma
razón no han de ser considerados, sin más, como secundarios o sospechosos. La
vida monástica como toda vida, en el decurso del tiempo, crece, evoluciona.
Pról. 39-50
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emos
preguntado al Señor, hermanos, quién es el que podrá hospedarse en su tienda y
le hemos escuchado cuáles son las condiciones para poder morar en ella: cumplir
los compromisos de todo morador de su casa. 40Por tanto, debemos
disponer nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar en el servicio de
la santa obediencia a sus preceptos. 41Y como esto no es posible
para nuestra naturaleza sola, hemos de pedirle al Señor que se digne
concedernos la asistencia de su gracia. 42Si, huyendo de las penas
del infierno, deseamos llegar a la vida eterna, 43mientras todavía
estamos a tiempo y tenemos este cuerpo como domicilio y podemos cumplir todas
estas a cosas a luz de la vida, 44ahora es cuando hemos de
apresurarnos y poner en práctica lo que en la eternidad redundará en nuestro
bien.
45Vamos
a instituir, pues, una escuela del servicio divino. 46Y, al
organizarla, no esperamos disponer nada que pueda ser duro, nada que pueda ser
oneroso. 47Pero si, no obstante, cuando lo exija la recta razón, se
encuentra algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener
la caridad, 48no abandones en seguida, sobrecogido de temor, el
camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo
estrecho. 49Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe,
ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el
camino de los mandamientos de Dios. 50De esta manera, si no nos
desviamos jamás del magisterio divino y perseveramos en su doctrina y en el
monasterio hasta la muerte, participaremos con nuestra paciencia en los
sufrimientos de Cristo, para que podamos compartir con él también su reino.
Amén.
Declaración
art. 13-14
Art. 13. Las formas institucionales, en
las cuales hoy concretamente se manifiestan las realidades de la vida
cisterciense, son las diversas comunidades vivas y eficientes. Es patente que
nuestras comunidades, en el decurso del tiempo y según las diversas regiones,
han adoptado formas diversas de vida y servicios distintos. Esta diversidad, en
si misma, no ha de deslomarse como si fuera una degeneración perversa, sino al
contrario, ha de ser reconocida no solamente como un hecho indiscutible, sino
también como un signo de vitalidad y como una invitación de Dios a actuar.
Porque los valores y las diversas obras que realizan cada una de las congregaciones
y los monasterios, si están avalados por la mutua confianza, por la cooperación
de las comunidades, pueden servir al bien y al progreso de toda la
Orden. Por tanto, vale mucho más la concordia en la diversidad, que la forzada
y discorde uniformidad. Por esto el Capítulo General aprueba y promueve la
legítima autonomía de cada Congregación y monasterio para establecer su forma
de vida, y se propone prestarles ayuda en esta tarea.
Por eso el trabajo de más importancia en la
renovación consiste en que cada comunidad conozca y reconsidere sus fines y sus
valores propios, y determine las formas de vida más aptas para alcanzarlo. En
efecto, el peso del trabajo incumbe ante todo a cada una de las comunidades. El
Capítulo General desea pues prestarles su ayuda, al coordinar y promover el
esfuerzo de la renovación, pero no puede de modo alguno ni suprimir ni asumir
los deberes u obligaciones de los monasterios y de las Congregaciones.
Art. 14 De las consideraciones precedentes nace en
nosotros el deseo de renovar la realidad de la vida cisterciense de tal manera
que sea la natural continuación y como la orgánica explanación tanto de la
tradición monástica en general como la de la cisterciense en particular.
Ciertamente, queramos conocer (y ahora con más fidelidad que nunca) las
tradiciones monásticas y cistercienses, y de ellas extraer cuantos valores nos
sea posible para que nos sirvan de inspiración y utilidad. Sin embargo, no
queremos que estas tradiciones nos restrinjan o impidan la solución de los problemas
que la vida moderna plantea, de los cuales, por razón de las condiciones de
vida, tan distintas, los antiguos nada o casi nada pudieron conocer. No nos
está permitido renunciar a la responsabilidad propia al organizar nuestra vida
religiosa, ni hemos de temer el adoptar caminos o soluciones nuevas. La
historia ha de ser para nosotros maestra de vida, no la señora o dominadora; ha
de advertirnos e inspirarnos, pero nunca ha de ser un impedimento en nuestro
camino.
Capítulo 1º: LAS CLASES DE MONJES
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C |

omo todos sabemos, existen cuatro
géneros de monjes. 2El primero es el de los cenobitas, es decir, los
que viven en un monasterio y sirven bajo una regla y un abad. 3El
segundo género es el de los anacoretas, o, dicho de otro modo, el de los
ermitaños. Son aquellos que no por un fervor de novato en la vida monástica,
sino tras larga prueba en el monasterio, 4aprendieron a luchar
contra el diablo ayudados por la compañía de otros, 5y, bien
formados en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto,
se encuentran ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan
con el auxilio de Dios para combatir, sólo con su brazo contra los vicios de la
carne y de los pensamientos. 6El tercer género de monjes, y pésimo
por cierto, es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan, según nos lo enseña
la experiencia, por no haber sido probados como el oro en el crisol, por regla alguna, pues, al
contrario, se han quedado blandos como el plomo. 7Dada su manera de
proceder, siguen todavía fieles al
espíritu del mundo, y manifiestan claramente que con su tonsura están mintiendo
a Dios. 8Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, y a veces viven
solos, encerrándose sin pastor no en los apriscos del Señor, sino en los
propios, porque toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. 9Cuanto
ellos piensan o deciden, lo creen santo, y aquello que no les agrada, lo
consideran ilícito.
10El
cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera
se la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro
días en los monasterios. 11Siempre errantes y nunca estables, se
limitan a servir a sus propias voluntades y a los deleites de la gula; son
peores en todo que los sarabaítas.
12Será
mucho mejor callamos y no hablar de la miserable vida que llevan todos éstos. 13Haciendo,
pues, caso omiso de ellos, pongámonos con la ayuda del Señor a organizar la
vida del muy firme género de monjes que es el de los cenobitas.
Declaración art.79-80
Art. 79. Siguiendo nuestra
vocación, entramos en un monasterio cisterciense, escogido por nosotros
libremente, para recibir allí la doctrina de la escuela del servicio del Señor;
después, al emitir nuestra profesión, aceptamos voluntariamente los valores e
ideales de nuestro monasterio. Por esta razón, la vida monástica no se nos ha
impuesto sino que nosotros mismos la aceptamos con libre y voluntaria dedicación.
Así pues, nuestras comunidades están formadas por voluntarios, todos los cuales
aspiran a los mismos fines, que conocen y que aman, de tal manera que vivamos
bajo un mismo techo llenos de un mismo espíritu, teniendo un solo corazón y una
sola alma.
Art. 80. Así pues, el fundamento de la comunidad
monástica es la entrega libre y voluntaria de los monjes, los cuales estiman en
gran manera los valores y las ocupaciones del monasterio, considerándolos como
algo propio. Esta libre entrega y gozosa convicción son la fuerza motriz de la
observancia de las leyes y de la obediencia, y el fundamento de toda estructura
jurídica. Si faltan, la comunidad monástica, al igual que cualquier otra
sociedad voluntaria, no podrá mantener una verdadera vitalidad. Es de gran
importancia que los monjes conserven viva y alegremente aquella entrega que les
llevó a aceptar libremente la vida monástica; y cualquier ordenación u
organización de la vida de comunidad ha de tener en cuenta aquella libre
disposición y aplicación, para suscitaría y promoverla.
Capítulo
2º: CÓMO DEBE SER EL ABAD
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E |

l abad
que es digno de regir un monasterio debe acordarse siempre del título que se le
da y cumplir con sus propias obras su nombre de superior. 2Porque,
en efecto, la fe nos dice que hace las veces de Cristo en el monasterio, ya que
es designado con su sobrenombre, 3según lo que dice el Apóstol:
«Habéis recibido el espíritu de adopción filial que nos permite gritar: Abba!
¡Padre!» 4Por tanto, el abad no ha de enseñar, establecer o mandar
cosa alguna que se desvíe de los preceptos del Señor, 5sino que
tanto sus mandatos como su doctrina deben penetrar en los corazones como si
fuera una levadura de la justicia divina, 6Siempre tendrá presente
el abad que su magisterio y la obediencia de sus discípulos, ambas cosas a la
vez, serán objeto de examen en el tremendo juicio de Dios. 7Y sepa
el abad que el pastor será plenamente responsable de todas las deficiencias que
el padre de familia encuentre en sus ovejas. 8Pero, a su vez, puede
tener igualmente por cierto que, si ha agotado todo su celo de pastor con su
rebaño inquieto y desobediente y ha aplicado toda suerte de remedios para sus
enfermedades, 9en ese juicio de Dios será absuelto como pastor,
porque podrá decirle al Señor como el profeta: «No me he guardado tu justicia
en mi corazón, he manifestado tu verdad y tu salvación. Pero ellos,
despreciándome, me desecharon». 10Y entonces las ovejas rebeldes a
sus cuidados verán por fin cómo triunfa la muerte sobre ellas como castigo.
Declaración art. 94-96
Art. 94. El abad es ante todo pastor de almas, es
decir, su función es en primer lugar espiritual, encaminada al bien de las
almas. Su autoridad es un ministerio, tiene el carácter de un humilde servicio,
de acuerdo con la doctrina y el ejemplo de Cristo, cuyas veces hace en el
monasterio. Por esta razón conviene que exprese y demuestre a los hermanos
aquel amor paterno con el cual el Padre ama a los monjes.
Art. 95. El abad es además el mediador de la Palabra
de Dios, y ha de llevar a cabo su oficio de intérprete de la Sagrada Escritura
en las diversas circunstancias de la vida cotidiana. Nunca el abad ha de
considerarse superior a la Palabra divina, sino más bien cada vez más ha de
estarle sujeto.
Art. 96. No es de menor importancia aquel otro
oficio que el Apóstol llama "discernimiento de espíritus". El abad ha
de aplicarse a reconocer si cada uno de sus monjes es conducido por el Espíritu
de Dios, o bien por aspiraciones plenamente terrenas, fruto de su propia
fantasía, o engañado por los espíritus de la mentira. Para que pueda distinguir
la voz del Espíritu de cualquier otra voz, el abad debe estar versado en doctrina
y experiencia de las cosas espirituales.
RB 2, 11-22
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or
tanto, cuando alguien acepta el título de abad, debe enseñar a sus discípulos
de dos maneras; 12queremos decir que mostrará todo lo que es recto y
santo mas a través de su manera personal de proceder que con sus palabras. De
modo que a los discípulos capaces les propondrá los preceptos del Señor con sus
palabras, pero a los duros de corazón y a los simples les hará descubrir los
mandamientos divinos en lo conducta del mismo abad. 13Y a la inversa,
cuanto indique a sus discípulos que es nocivo para sus almas, muéstrelo con su
conducta que no deben hacerlo, «no sea que, después de haber predicado a otros,
resulte que el mismo se condene». 14Y que, asimismo, un día Dios
tenga que decirle a causa de sus pecados «¿Por qué recitas mis preceptos y
tienes siempre en lo boca mi alianza, tú que detestas mi corrección y te echas,
a lo espalda mis mandatos?» 15Y también: «¿Por qué te fijas en la
mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el
tuyo? »
16No
haga en el monasterio discriminación de personas. 17 No amará más a
uno que a otro, de no ser al que hallare mejor en las buenas obras y en la
obediencia. 18Si uno que ha sido esclavo entra en el monasterio, no
sea pospuesto ante el que ha sido libre, de no mediar otra causa razonable. 19Mas
cuando, por exigirlo así la justicia, crea el abad que debe proceder de otra
manera, aplique el mismo criterio con cualquier otra clase de rango. Pero, si
no, conserven todos la precedencia que les corresponde, 20porque
«tanto esclavos como libres, todos somos en Cristo una sola cosa» y bajo un mismo Señor todos cumplimos un mismo
servicio, «pues Dios no tiene favoritismos». 21Lo único que ante él
nos diferencia es que nos encuentre mejores que los demás en buenas obras y en
humildad. 22Tenga, por tanto, igual caridad para con todos y a todos
aplique la misma norma según los méritos de cada cual.
Declaración art. 97-98
Art. 97. El abad es vínculo de
unidad de la comunidad, que ha de promover el acuerdo de todos y cada uno de
los hermanos en orden a los fines comunes, y coordinar las aficiones y los
trabajos de todos. Así pues, el abad debe en gran manera estimar, comprender y
tratar con el debido respeto la personalidad de los hermanos. El abad ha de
tener para todos tiempo suficiente disponible, así como un espíritu abierto, y
será de su incumbencia procurar una activa y responsable obediencia de parte de
todos así como una cooperación generosa de los individuos, de tal manera que
las cualidades de todos fructifiquen al servicio de Dios. Esfuércese para suscitar
un diálogo sincero y abierto; haga participantes a todos los hermanos de todos
los asuntos y proyectos de la vida del monasterio y de todos los negocios de la
casa, ya que en el fondo es algo que les atañe a todos. Asuma sin embargo las
responsabilidades que le corresponden por razón de su cargo, si debe adoptar
una decisión que, después de un maduro examen, le aparece como voluntad de
Dios.
Art. 98. El abad como promotor de unidad debe
suprimir cuanto pueda introducir una cierta separación entre él y sus hermanos
(v.gr. un uso exagerado de las insignias prelaticias; signos de respeto
anticuados, en cuyo lugar hay que observar las leyes actuales de urbanidad;
privilegios, que hoy difícilmente se comprenden); lleve vida comunitaria junto
con los hermanos, mostrándose como ejemplo de fidelidad y celo; restrinja en lo
posible al mínimo aquellas cosas que comportan una ausencia del monasterio. Una
vez elegido abad, no por esto ha dejado de ser monje y hermano entre los
hermanos, y cual vínculo de unidad y caridad trate de entregarse por los
hermanos en el amor de Cristo.
RB 2, 23-29
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l abad debe imitar en su pastoral el modelo del Apóstol cuando dice:
«Reprende, exhorta, amonesta». 24Es decir, que, adoptando diversas
actitudes, según las circunstancias, amable unas veces y rígido otras, se
mostrará exigente, como un maestro inexorable, y entrañable, con el afecto de
un padre bondadoso. 25En concreto: que a los indisciplinados y
turbulentos debe corregirlos más duramente; en cambio, a los obedientes,
sumisos y pacientes debe estimularles a que avancen más y mas. Pero le
amonestamos a que reprenda y castigue a los negligentes y a los despectivos. Y no encubra los pecados de los
delincuentes, sino que tan pronto como empiecen a brotar, arránquelos de raíz
con toda su habilidad, acordándose de la condenación de Helí, sacerdote de
Silo. 27A los más virtuosos y sensatos corríjales de palabra,
amonestándoles una o dos veces; 28pero a los audaces, insolentes,
orgullosos y desobedientes reprímales en cuanto se manifieste el vicio,
consciente de estas palabras de la Escritura: «Sólo con palabras no escarmienta
el necio». 29Y también: «Da unos palos a tu hijo, y lo librarás de
la muerte».
Declaración
art. 115
Art. 115. El Abad Presidente gobierna la
Congregación de acuerdo con el espíritu del Capítulo de la misma Congregación,
y es un signo de la unión fraternal que forman los diversos monasterios. Su
misión es prestar servicio para que en las diversas familias monásticas exista,
se afirme y aumente una vida monástica de acuerdo con las Constituciones de la
propia Congregación.
Debe fomentar las relaciones entre los
monasterios en orden al bien de toda la Congregación. En este campo, los abades
y los monjes de todos los monasterios han de ayudar al Abad Presidente,
procurando mantener entre ellos relaciones fraternas, recibiéndose los unos a
los otros, colaborando en sus afanes comunes, participando en conferencias para
tratar de temas espirituales o administrativos, en una palabra para conocerse y
amarse cada vez más.
RB 2, 30-40
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|
iempre
debe tener muy presente el abad lo que es y recordar el nombre con que le
llaman, sin olvidar que a quien mayor responsabilidad se le confía, más se le
exige.
31Sepa
también cuan difícil y ardua es la tarea que emprende, pues se trata de almas a
quienes debe dirigir y son muy diversos los temperamentos a los que debe
servir. Por eso tendrá que halagar a unos, reprender a otros y a otros
convencerles; 32y conforme al modo de ser de cada uno y según su
grado de inteligencia, deberá amoldarse a todos y lo dispondrá todo de tal
manera que, además de no perjudicar al rebaño que se le ha confiado, pueda
también alegrarse de su crecimiento. 33Es muy importante, sobre
todo, que, por desatender o no valorar suficientemente la salvación de las
almas, no se vuelque con más intenso afán sobre las realidades transitorias,
materiales y caducas, 34sino que tendrá muy presente siempre en su
espíritu que su misión es la de dirigir almas de las que tendrá que rendir
cuentas. 35Y, para que no se le ocurra poner como pretexto su
posible escasez de bienes materiales, recuerde lo que está escrito: «Buscad
primero el Reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura». 36Y
en otra parte: «Nada les falta a los que le temen».
37Sepa, una vez más, que ha tomado
sobre sí la responsabilidad de dirigir almas, y, por lo mismo, debe estar
preparado para dar razón de ellas. 38Y tenga también por cierto que
en el día del juicio deberá dar cuenta al Señor de todos y cada uno de los
hermanos que ha tenido bajo su cuidado; además, por supuesto, de su propia
alma. 39Y así, al mismo tiempo, que teme sin cesar el futuro examen
del pastor sobre las ovejas a él confiadas y se preocupa de la cuenta ajena, se
cuidará también de la suya propia; 40y mientras con sus
exhortaciones da ocasión a los otros para enmendarse, él mismo va corrigiéndose
de sus propios defectos.
Declaración art. 123
Art. 123. Elegido por el Capitulo General, el Abad General dirige
la Orden de acuerdo con el espíritu del Capítulo General y las normas de las
Constituciones, promoviendo los fines de nuestra unión.
El Abad General es:
a) Promotor y vínculo de la unidad fraterna en la Orden, en el sentido de
que ha de estar dispuesto a acomodarse a genios diferentes, abrazando con un
justo e imparcial desvelo, promoviendo y representando a todas las familias de
la Orden. Los valores e ideales comunes de la Orden ha de hacérselos suyos
tanto en su modo personal de comportarse, como en los actos oficiales. Ha de
sentir con la Orden, la cual existe de hecho en nuestras comunidades concretas,
interesándose con espíritu abierto en sus problemas, tendencias y opiniones.
b) Promotor y coordinador de los proyectos y planes comunes, que exceden
las posibilidades de las diversas comunidades o congregaciones, pero que son
útiles o convenientes a muchos. En la concepción y en la elaboración de tales
proyectos, ha de tener una parte activa; además ha de suscitar las iniciativas
de los demás; finalmente, los ha de llevar a la práctica con sus consejos y
actuaciones.
c) Con
su autoridad refrendada por las Constituciones, y utilizándola al servicio de
todos, es el padre, y también el hermano entre los hermanos, según el espíritu
de Cristo, deseoso de aprovechar más que de señorear. Mediante sus cartas sus
sermones y las demás formas de comunicación con la Orden, se comporta como
cohermano, condiscípulo y consiervo del Señor, buscando junto con todos sus demás
hermanos la verdad y la voluntad de Dios. Lleno él mismo de la convicción y de
la apreciación de los valores de la vocación religiosa, ha de procurar mostrar
a los hermanos y comunidades las nuevas perspectivas y posibilidades,
infundiéndoles así una sólida esperanza del futuro.
Capítulo 3º: COMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO
|
S |

iempre
que en el monasterio hayan de tratarse asuntos de importancia, el abad
convocará toda la comunidad y expondrá él personalmente de qué se trata. 2Una
vez oído el consejo de los hermanos, reflexione a solas y haga lo que juzgue
más conveniente. 3Y hemos dicho intencionadamente que sean todos
convocados a consejo, porque muchas veces el Señor revela al mis joven lo que
es mejor.
4Por lo
demás, expongan los hermanos su criterio con toda sumisión, y humildad y no
tengan la osadía de defender con arrogancia su propio parecer, 5sino
que, por quedar reservada la cuestión a la decisión del abad, todos le
obedecerán en lo que él disponga como más conveniente. 6Sin embargo,
así como lo que corresponde a los discípulos es obedecer al maestro, de la
misma manera conviene que éste decida todas las cosas con prudencia y sentido
de la justicia.
7Por
tanto, sigan todos la regla como maestra en todo y nadie se desvíe de ella
temerariamente. 8Nadie se deje conducir en el monasterio por la
voluntad de su propio corazón, 9ni nadie se atreva a discutir con su
abad desvergonzadamente o fuera del monasterio. 10Y, si alguien se
tomara esa libertad, sea sometido a la disciplina regular. 11El
abad, por su parte, actuará siempre movido por el temor de Dios y ateniéndose a
la observancia de la regla, con una conciencia muy clara de que deberá rendir
cuentas a Dios, juez rectísimo, de todas sus determinaciones.
12Pero,
cuando se trate de asuntos menos transcendentes, será suficiente que consulte
solamente a los monjes más ancianos, 13conforme está escrito: «Hazlo
todo con consejo, y, después de hecho, no te arrepentirás».
Art. 102. El Capítulo conventual participa en el
gobierno de la casa siempre que se trate de asuntos de gravedad para el
monasterio, y especialmente en los casos prescritos por las Constituciones de
la Congregación y por el derecho común. El Capítulo conventual
mediante un acto verdaderamente colegial, elige el abad, y colegialmente
también se toman decisiones relativas a la actividad del monasterio, a la
admisión y formación de nuevos candidatos, a la administración de los bienes.
Art.103. Ahora bien, no ha de
restringiese la función del Capítulo conventual únicamente a los casos, en los
cuales los capitulares por derecho común o particular han de dar su voto
deliberativo o consultivo; los hermanos deben ser reunidos a menudo con el fin
de mantener un coloquio, un diálogo verdaderamente fraterno, con el fin de
procurar una eficaz participación y solicitud de los hermanos en bien del
monasterio. Así el Capítulo conventual ha de ser un foro de información de los
asuntos del monasterio, de la Congregación y de la orden, y a la vez el lugar
donde los oficiales hacen una relación de las gestiones realizadas y los
expertos exponen las cuestiones actuales.
Art. 104. Los temas a tratar en el Capítulo han de
escogerse, con la ayuda del consejo del abad, teniendo en cuenta los deseos y
los problemas propuestos por cualquiera de los hermanos; han de comunicarse a
la comunidad de modo apto y con tiempo suficiente para el estudio y la
reflexión de los temas propuestos. En ciertas materias será mucho más
conveniente dar la respuesta por escrito. La obligación de secreto que se
restrinja a aquellas cosas que reclaman una absoluta discreción; de cara al
exterior del monasterio, los hermanos han de usar una máxima discreción siempre
que se trate de asuntos de la familia monástica.
Art. 105. En todas las comunidades han de disponerse
medios aptos para que todos los hermanos, incluso los que viven fuera de la
casa, puedan estar informados de modo habitual, detalladamente y en el momento
oportuno de los asuntos del monasterio, de la Congregación y de la Orden.
Art. 106. El consejo del abad, llamado comúnmente de
los seniores, formado por un número más reducido de miembros, ha de ser
convocado oportunamente en todas las necesidades de la familia monástica, en
asuntos de mera utilidad y, especialmente, en los casos en que ha de tratarse
algo secreto. Es costumbre que este consejo esté formado por miembros elegidos
por la comunidad y designados por el abad, a partes iguales.
Art.107. Si se llevan a la práctica los principios y
consejos que acabamos de exponer, las comunidades podrán adquirir un nuevo
vigor, serán como familias que, llenas de caridad, habitan en la casa de Dios,
y como escuadrón fraterno bien ordenado, gozando de una firme unidad, en la
cual cada uno llevando a cabo su propia función, sirve a todos y se siente
robustecido por los demás.
Capítulo
4º: CUÁLES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS
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