REGLA
DE NUESTRO PADRE
SAN BENITO


con los
artículos de la Declaración
Regla: Introducción y comentario por el Padre Dom Garcia M. Colombás. Traducción y notas por Iñaki Aranguren 3ª edición (Reimpresión);Biblioteca de Autores Cristianos, 2000.
Declaración del Capítulo General del año 2000, principios esenciales de la vida cisterciense actual.
Pról 1-7
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scucha,
hijo, estos preceptos de un maestro, aguza el oído de tu corazón, acoge con
gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica, 2para
que por tu obediencia laboriosa retornes a Dios, del que te habías alejado por
tu indolente desobediencia. 3A ti, pues, se dirigen estas mis
palabras, quienquiera que seas, si es que te has decidido a renunciar a tus
propias voluntades y esgrimes las potentísimas y gloriosas armas de la
obediencia para servir al verdadero rey, Cristo el Señor.
4Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra
buena, pídele con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a
término, 5para que, por haberse dignado contarnos ya en el número de
sus hijos, jamás se vea obligado a afligirse por nuestras malas acciones. 6Porque,
efectivamente, en todo momento hemos de estar a punto para servirle en la
obediencia con los dones que ha depositado en nosotros, de manera que no sólo
no llegue a desheredarnos algún día como padre airado, a pesar de ser sus
hijos, 7sino que ni como señor temible, encolerizado por nuestras
maldades, nos entregue al castigo eterno por ser unos siervos miserables
empeñados en no seguirle a su gloria.
art. 1-2
Art.1. Nosotros, los miembros del Capítulo
General, congregados para proceder a la renovación acomodada de nuestra Orden,
oídos los diversos pareceres y tras madura deliberación, así como después de
haber examinado las relaciones de la encuesta realizada entre todos los
miembros de la Orden, deseamos establecer en primer lugar los elementos
principales de nuestra vocación y de nuestra vida, para indicar los fundamentos
sobre los cuales debe descansar toda la obra de renovación.
En esta Declaración queremos exponer sincera
y noblemente nuestros propósitos acerca de la renovación acomodada, los fines
que perseguimos y los caminos a seguir para conseguirlos.
Art. 2. Con nuestra Declaración de ninguna manera
queremos impedir ulteriores reflexiones o nuevas soluciones, ya que también las
futuras generaciones cistercienses tendrán el derecho y la obligación de buscar
nuevas soluciones más idóneas y mejores de vida monástica, del mismo modo que
lo hicieron los Fundadores de Cister en el siglo XII, y las generaciones que
les siguieron. Así pues seremos verdaderos seguidores de los Padres que
fundaron el "Nuevo monasterio", si no cesamos de buscar nuevos
caminos y maneras mediante los cuales podamos vivir siempre con más plenitud
nuestra vocación según la voluntad de Dios.
Pról. 8-20
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evantémonos,
pues, de una vez; que la Escritura nos espabila, diciendo: «Ya es hora de
despertarnos del sueño». 9y, abriendo nuestros ojos a la luz de
Dios, escuchemos atónitos lo que cada día nos advierte la voz divina que clama:
10«Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones». 11y
también: «Quien tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias». 12¿Y
qué es lo que dice? «Venid, hijos; escuchadme; os instruiré en el temor del
Señor». 13«Daos prisa mientras tenéis aún la luz de la vida, antes
que os sorprendan las tinieblas de la muerte».
14Y, buscándose el Señor un obrero entre la multitud a la que
lanza su grito de llamamiento, vuelve a decir: 15«¿Hay alguien que
quiera vivir y desee pasar días prósperos?» 16Si tú, al oírle, le
respondes: «Yo», otra vez te dice Dios: 17Si quieres gozar de una
vida verdadera y perpetua, «guarda tu lengua del mal; tus labios, de la
falsedad; obra el bien, busca la paz y corre tras ella». 18Y, cuando
cumpláis todo esto, tendré mis ojos fijos sobre vosotros, mis oídos atenderán a
vuestras súplicas y antes de que me interroguéis os diré yo: «Aquí estoy». 19Hermanos
amadísimos, ¿puede haber algo más dulce para nosotros que esta voz del Señor,
que nos invita? 20Mirad cómo el Señor, en su bondad, nos indica el
camino de la vida.
Art. 11. Nuestra intención no es exponer ideales teóricos
y alejados de la realidad de la vida, para conservar o restaurar formas caídas
en desuso, sino más bien examinar nuestra vida actual, moderna, real,
perfeccionarla y señalar los principios para su renovación. Es la vida
monástica cisterciense del XXI que deseamos revisar, aquella vida genuina y
eficaz que corresponde a la vocación concreta que Dios nos ha dado. En efecto,
Dios nos llama en este momento actual, nos quiere santos en esta época, en este
nuestro tiempo, con las posibilidades de los hombres de hoy; quiere que sigamos
a Cristo estando al servicio de los hombres por medio de la caridad.
Nuestra actuación debe estar siempre
fundamentada en la verdad y en la realidad de la vida. Por esto en nuestra
Declaración queremos tener siempre ante los ojos las posibilidades, exigencias
y obligaciones tanto de los individuos como de nuestras comunidades, así como
también las de la Iglesia y las de la vida del mundo moderno.
Este sentido de la realidad, de ninguna
manera hemos de pensar que significa la aceptación o aprobación de las
imperfecciones y de los vicios de la situación actual como si, satisfechos con
la vulgar y corriente realidad, no quisiéramos tender siempre a lo mejor.
Rechazamos con razón tal modo de pensar, como contrario a la misma esencia de
la vida religiosa, es decir, a la búsqueda de la vida de perfecta caridad.
Sabemos muy bien que los ideales más nobles y los propósitos más sublimes, de
nada servirían si los hombres a quienes se proponen no los aceptan libre y
espontáneamente y los ponen en práctica eficazmente.
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iñéndonos,
pues, nuestra cintura con la fe y la observancia de las buenas obras, sigamos
por sus caminos, llevando como guía el Evangelio, para que merezcamos ver a
Aquel que nos llamó a su reino.
22Si deseamos habitar en el
tabernáculo de este reino, hemos de saber que nunca podremos llegar allá a no
ser que vayamos corriendo con las buenas obras. 23Pero preguntemos
al Señor como el profeta, diciéndole: 24Señor, ¿quién puede
hospedarse en tu tienda y descansar en tu monte santo?, 25Escuchemos,
hermanos, lo que el Señor nos responde a esta pregunta y cómo nos muestra el
camino hacia esta morada, diciéndonos: 26«Aquél que anda sin pecado
y practica la justicia; 27el que habla con sinceridad en su corazón
y no engaña con su lengua; 28el que no le hace mal a su prójimo ni
presta oídos a infamias contra su semejante». 29Aquel que, cuando el
malo, que es el diablo, le sugiere alguna cosa, inmediatamente le rechaza a él
y a su sugerencia lejos de su corazón, «los reduce a la nada», y, agarrando sus
pensamientos, los estrella contra Cristo.
30Los que así proceden son los
temerosos del Señor, y por eso no se inflan de soberbia por la rectitud de su
comportamiento, antes bien, porque saben que no pueden realizar nada por sí
mismos, sino por el Señor, 31proclaman su grandeza, diciendo lo
mismo que el profeta: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre,
da la gloria», al igual que el apóstol Pablo, quien tampoco se atribuyó a sí
mismo éxito alguno de su predicación cuando decía: «Por la gracia de Dios soy
lo que soy». 32Y también afirma en otra ocasión: «E1 que presume,
que presuma del Señor». 33Por eso dice el Señor en su evangelio:
«Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al
hombre sensato, que edificó su casa sobre la roca. 34Cayó la lluvia,
vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa; pero no se
hundió, porque estaba cimentada en la roca». 35Al terminar sus
palabras, espera el Señor que cada día le respondamos con nuestras obras a sus
santas exhortaciones. 36Pues para eso se nos conceden como tregua
los días de nuestra vida, para enmendarnos de nuestros males, 37según
nos dice el Apóstol: «¿No te das cuenta de que la paciencia de Dios te está
empujando a la penitencia» 38Efectivamente, el Señor te dice con su
inagotable benignidad: «No quiero la muerte del pecador, sino que cambie de
conducta y viva».
Art. 12. La renovación de nuestra vida
religiosa ha de abarcar todos los aspectos de la vida, y por esta razón debemos
tener en cuenta todos sus elementos constitutivos, y a cada una de sus partes
debemos atribuir la importancia que les es propia. Sería completamente falso
valorizar algunos aspectos de nuestra vida, como si en ellos solamente se
realizase la esencia de la vida cisterciense, descuidando algunas otras dejándolas
como suplementarias, o incluso como un obstáculo para vivir realmente nuestra
vida monástica. Por tanto, somos y debemos ser verdaderamente cistercienses en
todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, no solamente cuando nos
reunimos para la oración o en el cumplimiento de las observancias comunitarias,
sino también y de una manera especial en los trabajos, en los estudios, en el
ministerio sacerdotal, en la oración privada, en el servicio de los hombres en
sus necesidades, etc.
Buscamos, pues, una visión
integral que armonice y regule todas y cada una de las partes de nuestra vida
en un solo y único servicio de Dios. Puesto que algunos elementos de la vida
cisterciense actual, no conciernen a todos los miembros de la Orden (por
ejemplo, el sacerdocio) o no se refiere a todos los monasterios (como la
educación de la juventud o la cura pastoral) con todo debe examinarse la importancia
de tales actividades y reconocer todo su valor. Los elementos de la vida monástica
que en la Regla o en los inicios de la orden apenas se conocían, por esta misma
razón no han de ser considerados, sin más, como secundarios o sospechosos. La
vida monástica como toda vida, en el decurso del tiempo, crece, evoluciona.
Pról. 39-50
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emos
preguntado al Señor, hermanos, quién es el que podrá hospedarse en su tienda y
le hemos escuchado cuáles son las condiciones para poder morar en ella: cumplir
los compromisos de todo morador de su casa. 40Por tanto, debemos
disponer nuestros corazones y nuestros cuerpos para militar en el servicio de
la santa obediencia a sus preceptos. 41Y como esto no es posible
para nuestra naturaleza sola, hemos de pedirle al Señor que se digne
concedernos la asistencia de su gracia. 42Si, huyendo de las penas
del infierno, deseamos llegar a la vida eterna, 43mientras todavía
estamos a tiempo y tenemos este cuerpo como domicilio y podemos cumplir todas
estas a cosas a luz de la vida, 44ahora es cuando hemos de
apresurarnos y poner en práctica lo que en la eternidad redundará en nuestro
bien.
45Vamos
a instituir, pues, una escuela del servicio divino. 46Y, al
organizarla, no esperamos disponer nada que pueda ser duro, nada que pueda ser
oneroso. 47Pero si, no obstante, cuando lo exija la recta razón, se
encuentra algo un poco más severo con el fin de corregir los vicios o mantener
la caridad, 48no abandones en seguida, sobrecogido de temor, el
camino de la salvación, que forzosamente ha de iniciarse con un comienzo
estrecho. 49Mas, al progresar en la vida monástica y en la fe,
ensanchado el corazón por la dulzura de un amor inefable, vuela el alma por el
camino de los mandamientos de Dios. 50De esta manera, si no nos
desviamos jamás del magisterio divino y perseveramos en su doctrina y en el
monasterio hasta la muerte, participaremos con nuestra paciencia en los
sufrimientos de Cristo, para que podamos compartir con él también su reino.
Amén.
Declaración
art. 13-14
Art. 13. Las formas institucionales, en
las cuales hoy concretamente se manifiestan las realidades de la vida
cisterciense, son las diversas comunidades vivas y eficientes. Es patente que
nuestras comunidades, en el decurso del tiempo y según las diversas regiones,
han adoptado formas diversas de vida y servicios distintos. Esta diversidad, en
si misma, no ha de deslomarse como si fuera una degeneración perversa, sino al
contrario, ha de ser reconocida no solamente como un hecho indiscutible, sino
también como un signo de vitalidad y como una invitación de Dios a actuar.
Porque los valores y las diversas obras que realizan cada una de las congregaciones
y los monasterios, si están avalados por la mutua confianza, por la cooperación
de las comunidades, pueden servir al bien y al progreso de toda la
Orden. Por tanto, vale mucho más la concordia en la diversidad, que la forzada
y discorde uniformidad. Por esto el Capítulo General aprueba y promueve la
legítima autonomía de cada Congregación y monasterio para establecer su forma
de vida, y se propone prestarles ayuda en esta tarea.
Por eso el trabajo de más importancia en la
renovación consiste en que cada comunidad conozca y reconsidere sus fines y sus
valores propios, y determine las formas de vida más aptas para alcanzarlo. En
efecto, el peso del trabajo incumbe ante todo a cada una de las comunidades. El
Capítulo General desea pues prestarles su ayuda, al coordinar y promover el
esfuerzo de la renovación, pero no puede de modo alguno ni suprimir ni asumir
los deberes u obligaciones de los monasterios y de las Congregaciones.
Art. 14 De las consideraciones precedentes nace en
nosotros el deseo de renovar la realidad de la vida cisterciense de tal manera
que sea la natural continuación y como la orgánica explanación tanto de la
tradición monástica en general como la de la cisterciense en particular.
Ciertamente, queramos conocer (y ahora con más fidelidad que nunca) las
tradiciones monásticas y cistercienses, y de ellas extraer cuantos valores nos
sea posible para que nos sirvan de inspiración y utilidad. Sin embargo, no
queremos que estas tradiciones nos restrinjan o impidan la solución de los problemas
que la vida moderna plantea, de los cuales, por razón de las condiciones de
vida, tan distintas, los antiguos nada o casi nada pudieron conocer. No nos
está permitido renunciar a la responsabilidad propia al organizar nuestra vida
religiosa, ni hemos de temer el adoptar caminos o soluciones nuevas. La
historia ha de ser para nosotros maestra de vida, no la señora o dominadora; ha
de advertirnos e inspirarnos, pero nunca ha de ser un impedimento en nuestro
camino.
Capítulo 1º: LAS CLASES DE MONJES
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C |

omo todos sabemos, existen cuatro
géneros de monjes. 2El primero es el de los cenobitas, es decir, los
que viven en un monasterio y sirven bajo una regla y un abad. 3El
segundo género es el de los anacoretas, o, dicho de otro modo, el de los
ermitaños. Son aquellos que no por un fervor de novato en la vida monástica,
sino tras larga prueba en el monasterio, 4aprendieron a luchar
contra el diablo ayudados por la compañía de otros, 5y, bien
formados en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto,
se encuentran ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan
con el auxilio de Dios para combatir, sólo con su brazo contra los vicios de la
carne y de los pensamientos. 6El tercer género de monjes, y pésimo
por cierto, es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan, según nos lo enseña
la experiencia, por no haber sido probados como el oro en el crisol, por regla alguna, pues, al
contrario, se han quedado blandos como el plomo. 7Dada su manera de
proceder, siguen todavía fieles al
espíritu del mundo, y manifiestan claramente que con su tonsura están mintiendo
a Dios. 8Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, y a veces viven
solos, encerrándose sin pastor no en los apriscos del Señor, sino en los
propios, porque toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. 9Cuanto
ellos piensan o deciden, lo creen santo, y aquello que no les agrada, lo
consideran ilícito.
10El
cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera
se la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro
días en los monasterios. 11Siempre errantes y nunca estables, se
limitan a servir a sus propias voluntades y a los deleites de la gula; son
peores en todo que los sarabaítas.
12Será
mucho mejor callamos y no hablar de la miserable vida que llevan todos éstos. 13Haciendo,
pues, caso omiso de ellos, pongámonos con la ayuda del Señor a organizar la
vida del muy firme género de monjes que es el de los cenobitas.
Declaración art.79-80
Art. 79. Siguiendo nuestra
vocación, entramos en un monasterio cisterciense, escogido por nosotros
libremente, para recibir allí la doctrina de la escuela del servicio del Señor;
después, al emitir nuestra profesión, aceptamos voluntariamente los valores e
ideales de nuestro monasterio. Por esta razón, la vida monástica no se nos ha
impuesto sino que nosotros mismos la aceptamos con libre y voluntaria dedicación.
Así pues, nuestras comunidades están formadas por voluntarios, todos los cuales
aspiran a los mismos fines, que conocen y que aman, de tal manera que vivamos
bajo un mismo techo llenos de un mismo espíritu, teniendo un solo corazón y una
sola alma.
Art. 80. Así pues, el fundamento de la comunidad
monástica es la entrega libre y voluntaria de los monjes, los cuales estiman en
gran manera los valores y las ocupaciones del monasterio, considerándolos como
algo propio. Esta libre entrega y gozosa convicción son la fuerza motriz de la
observancia de las leyes y de la obediencia, y el fundamento de toda estructura
jurídica. Si faltan, la comunidad monástica, al igual que cualquier otra
sociedad voluntaria, no podrá mantener una verdadera vitalidad. Es de gran
importancia que los monjes conserven viva y alegremente aquella entrega que les
llevó a aceptar libremente la vida monástica; y cualquier ordenación u
organización de la vida de comunidad ha de tener en cuenta aquella libre
disposición y aplicación, para suscitaría y promoverla.
Capítulo
2º: CÓMO DEBE SER EL ABAD
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E |

l abad
que es digno de regir un monasterio debe acordarse siempre del título que se le
da y cumplir con sus propias obras su nombre de superior. 2Porque,
en efecto, la fe nos dice que hace las veces de Cristo en el monasterio, ya que
es designado con su sobrenombre, 3según lo que dice el Apóstol:
«Habéis recibido el espíritu de adopción filial que nos permite gritar: Abba!
¡Padre!» 4Por tanto, el abad no ha de enseñar, establecer o mandar
cosa alguna que se desvíe de los preceptos del Señor, 5sino que
tanto sus mandatos como su doctrina deben penetrar en los corazones como si
fuera una levadura de la justicia divina, 6Siempre tendrá presente
el abad que su magisterio y la obediencia de sus discípulos, ambas cosas a la
vez, serán objeto de examen en el tremendo juicio de Dios. 7Y sepa
el abad que el pastor será plenamente responsable de todas las deficiencias que
el padre de familia encuentre en sus ovejas. 8Pero, a su vez, puede
tener igualmente por cierto que, si ha agotado todo su celo de pastor con su
rebaño inquieto y desobediente y ha aplicado toda suerte de remedios para sus
enfermedades, 9en ese juicio de Dios será absuelto como pastor,
porque podrá decirle al Señor como el profeta: «No me he guardado tu justicia
en mi corazón, he manifestado tu verdad y tu salvación. Pero ellos,
despreciándome, me desecharon». 10Y entonces las ovejas rebeldes a
sus cuidados verán por fin cómo triunfa la muerte sobre ellas como castigo.
Declaración art. 94-96
Art. 94. El abad es ante todo pastor de almas, es
decir, su función es en primer lugar espiritual, encaminada al bien de las
almas. Su autoridad es un ministerio, tiene el carácter de un humilde servicio,
de acuerdo con la doctrina y el ejemplo de Cristo, cuyas veces hace en el
monasterio. Por esta razón conviene que exprese y demuestre a los hermanos
aquel amor paterno con el cual el Padre ama a los monjes.
Art. 95. El abad es además el mediador de la Palabra
de Dios, y ha de llevar a cabo su oficio de intérprete de la Sagrada Escritura
en las diversas circunstancias de la vida cotidiana. Nunca el abad ha de
considerarse superior a la Palabra divina, sino más bien cada vez más ha de
estarle sujeto.
Art. 96. No es de menor importancia aquel otro
oficio que el Apóstol llama "discernimiento de espíritus". El abad ha
de aplicarse a reconocer si cada uno de sus monjes es conducido por el Espíritu
de Dios, o bien por aspiraciones plenamente terrenas, fruto de su propia
fantasía, o engañado por los espíritus de la mentira. Para que pueda distinguir
la voz del Espíritu de cualquier otra voz, el abad debe estar versado en doctrina
y experiencia de las cosas espirituales.
RB 2, 11-22
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or
tanto, cuando alguien acepta el título de abad, debe enseñar a sus discípulos
de dos maneras; 12queremos decir que mostrará todo lo que es recto y
santo mas a través de su manera personal de proceder que con sus palabras. De
modo que a los discípulos capaces les propondrá los preceptos del Señor con sus
palabras, pero a los duros de corazón y a los simples les hará descubrir los
mandamientos divinos en lo conducta del mismo abad. 13Y a la inversa,
cuanto indique a sus discípulos que es nocivo para sus almas, muéstrelo con su
conducta que no deben hacerlo, «no sea que, después de haber predicado a otros,
resulte que el mismo se condene». 14Y que, asimismo, un día Dios
tenga que decirle a causa de sus pecados «¿Por qué recitas mis preceptos y
tienes siempre en lo boca mi alianza, tú que detestas mi corrección y te echas,
a lo espalda mis mandatos?» 15Y también: «¿Por qué te fijas en la
mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el
tuyo? »
16No
haga en el monasterio discriminación de personas. 17 No amará más a
uno que a otro, de no ser al que hallare mejor en las buenas obras y en la
obediencia. 18Si uno que ha sido esclavo entra en el monasterio, no
sea pospuesto ante el que ha sido libre, de no mediar otra causa razonable. 19Mas
cuando, por exigirlo así la justicia, crea el abad que debe proceder de otra
manera, aplique el mismo criterio con cualquier otra clase de rango. Pero, si
no, conserven todos la precedencia que les corresponde, 20porque
«tanto esclavos como libres, todos somos en Cristo una sola cosa» y bajo un mismo Señor todos cumplimos un mismo
servicio, «pues Dios no tiene favoritismos». 21Lo único que ante él
nos diferencia es que nos encuentre mejores que los demás en buenas obras y en
humildad. 22Tenga, por tanto, igual caridad para con todos y a todos
aplique la misma norma según los méritos de cada cual.
Declaración art. 97-98
Art. 97. El abad es vínculo de
unidad de la comunidad, que ha de promover el acuerdo de todos y cada uno de
los hermanos en orden a los fines comunes, y coordinar las aficiones y los
trabajos de todos. Así pues, el abad debe en gran manera estimar, comprender y
tratar con el debido respeto la personalidad de los hermanos. El abad ha de
tener para todos tiempo suficiente disponible, así como un espíritu abierto, y
será de su incumbencia procurar una activa y responsable obediencia de parte de
todos así como una cooperación generosa de los individuos, de tal manera que
las cualidades de todos fructifiquen al servicio de Dios. Esfuércese para suscitar
un diálogo sincero y abierto; haga participantes a todos los hermanos de todos
los asuntos y proyectos de la vida del monasterio y de todos los negocios de la
casa, ya que en el fondo es algo que les atañe a todos. Asuma sin embargo las
responsabilidades que le corresponden por razón de su cargo, si debe adoptar
una decisión que, después de un maduro examen, le aparece como voluntad de
Dios.
Art. 98. El abad como promotor de unidad debe
suprimir cuanto pueda introducir una cierta separación entre él y sus hermanos
(v.gr. un uso exagerado de las insignias prelaticias; signos de respeto
anticuados, en cuyo lugar hay que observar las leyes actuales de urbanidad;
privilegios, que hoy difícilmente se comprenden); lleve vida comunitaria junto
con los hermanos, mostrándose como ejemplo de fidelidad y celo; restrinja en lo
posible al mínimo aquellas cosas que comportan una ausencia del monasterio. Una
vez elegido abad, no por esto ha dejado de ser monje y hermano entre los
hermanos, y cual vínculo de unidad y caridad trate de entregarse por los
hermanos en el amor de Cristo.
RB 2, 23-29
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l abad debe imitar en su pastoral el modelo del Apóstol cuando dice:
«Reprende, exhorta, amonesta». 24Es decir, que, adoptando diversas
actitudes, según las circunstancias, amable unas veces y rígido otras, se
mostrará exigente, como un maestro inexorable, y entrañable, con el afecto de
un padre bondadoso. 25En concreto: que a los indisciplinados y
turbulentos debe corregirlos más duramente; en cambio, a los obedientes,
sumisos y pacientes debe estimularles a que avancen más y mas. Pero le
amonestamos a que reprenda y castigue a los negligentes y a los despectivos. Y no encubra los pecados de los
delincuentes, sino que tan pronto como empiecen a brotar, arránquelos de raíz
con toda su habilidad, acordándose de la condenación de Helí, sacerdote de
Silo. 27A los más virtuosos y sensatos corríjales de palabra,
amonestándoles una o dos veces; 28pero a los audaces, insolentes,
orgullosos y desobedientes reprímales en cuanto se manifieste el vicio,
consciente de estas palabras de la Escritura: «Sólo con palabras no escarmienta
el necio». 29Y también: «Da unos palos a tu hijo, y lo librarás de
la muerte».
Declaración
art. 115
Art. 115. El Abad Presidente gobierna la
Congregación de acuerdo con el espíritu del Capítulo de la misma Congregación,
y es un signo de la unión fraternal que forman los diversos monasterios. Su
misión es prestar servicio para que en las diversas familias monásticas exista,
se afirme y aumente una vida monástica de acuerdo con las Constituciones de la
propia Congregación.
Debe fomentar las relaciones entre los
monasterios en orden al bien de toda la Congregación. En este campo, los abades
y los monjes de todos los monasterios han de ayudar al Abad Presidente,
procurando mantener entre ellos relaciones fraternas, recibiéndose los unos a
los otros, colaborando en sus afanes comunes, participando en conferencias para
tratar de temas espirituales o administrativos, en una palabra para conocerse y
amarse cada vez más.
RB 2, 30-40
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|
iempre
debe tener muy presente el abad lo que es y recordar el nombre con que le
llaman, sin olvidar que a quien mayor responsabilidad se le confía, más se le
exige.
31Sepa
también cuan difícil y ardua es la tarea que emprende, pues se trata de almas a
quienes debe dirigir y son muy diversos los temperamentos a los que debe
servir. Por eso tendrá que halagar a unos, reprender a otros y a otros
convencerles; 32y conforme al modo de ser de cada uno y según su
grado de inteligencia, deberá amoldarse a todos y lo dispondrá todo de tal
manera que, además de no perjudicar al rebaño que se le ha confiado, pueda
también alegrarse de su crecimiento. 33Es muy importante, sobre
todo, que, por desatender o no valorar suficientemente la salvación de las
almas, no se vuelque con más intenso afán sobre las realidades transitorias,
materiales y caducas, 34sino que tendrá muy presente siempre en su
espíritu que su misión es la de dirigir almas de las que tendrá que rendir
cuentas. 35Y, para que no se le ocurra poner como pretexto su
posible escasez de bienes materiales, recuerde lo que está escrito: «Buscad
primero el Reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura». 36Y
en otra parte: «Nada les falta a los que le temen».
37Sepa, una vez más, que ha tomado
sobre sí la responsabilidad de dirigir almas, y, por lo mismo, debe estar
preparado para dar razón de ellas. 38Y tenga también por cierto que
en el día del juicio deberá dar cuenta al Señor de todos y cada uno de los
hermanos que ha tenido bajo su cuidado; además, por supuesto, de su propia
alma. 39Y así, al mismo tiempo, que teme sin cesar el futuro examen
del pastor sobre las ovejas a él confiadas y se preocupa de la cuenta ajena, se
cuidará también de la suya propia; 40y mientras con sus
exhortaciones da ocasión a los otros para enmendarse, él mismo va corrigiéndose
de sus propios defectos.
Declaración art. 123
Art. 123. Elegido por el Capitulo General, el Abad General dirige
la Orden de acuerdo con el espíritu del Capítulo General y las normas de las
Constituciones, promoviendo los fines de nuestra unión.
El Abad General es:
a) Promotor y vínculo de la unidad fraterna en la Orden, en el sentido de
que ha de estar dispuesto a acomodarse a genios diferentes, abrazando con un
justo e imparcial desvelo, promoviendo y representando a todas las familias de
la Orden. Los valores e ideales comunes de la Orden ha de hacérselos suyos
tanto en su modo personal de comportarse, como en los actos oficiales. Ha de
sentir con la Orden, la cual existe de hecho en nuestras comunidades concretas,
interesándose con espíritu abierto en sus problemas, tendencias y opiniones.
b) Promotor y coordinador de los proyectos y planes comunes, que exceden
las posibilidades de las diversas comunidades o congregaciones, pero que son
útiles o convenientes a muchos. En la concepción y en la elaboración de tales
proyectos, ha de tener una parte activa; además ha de suscitar las iniciativas
de los demás; finalmente, los ha de llevar a la práctica con sus consejos y
actuaciones.
c) Con
su autoridad refrendada por las Constituciones, y utilizándola al servicio de
todos, es el padre, y también el hermano entre los hermanos, según el espíritu
de Cristo, deseoso de aprovechar más que de señorear. Mediante sus cartas sus
sermones y las demás formas de comunicación con la Orden, se comporta como
cohermano, condiscípulo y consiervo del Señor, buscando junto con todos sus demás
hermanos la verdad y la voluntad de Dios. Lleno él mismo de la convicción y de
la apreciación de los valores de la vocación religiosa, ha de procurar mostrar
a los hermanos y comunidades las nuevas perspectivas y posibilidades,
infundiéndoles así una sólida esperanza del futuro.
Capítulo 3º: COMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO
|
S |

iempre
que en el monasterio hayan de tratarse asuntos de importancia, el abad
convocará toda la comunidad y expondrá él personalmente de qué se trata. 2Una
vez oído el consejo de los hermanos, reflexione a solas y haga lo que juzgue
más conveniente. 3Y hemos dicho intencionadamente que sean todos
convocados a consejo, porque muchas veces el Señor revela al mis joven lo que
es mejor.
4Por lo
demás, expongan los hermanos su criterio con toda sumisión, y humildad y no
tengan la osadía de defender con arrogancia su propio parecer, 5sino
que, por quedar reservada la cuestión a la decisión del abad, todos le
obedecerán en lo que él disponga como más conveniente. 6Sin embargo,
así como lo que corresponde a los discípulos es obedecer al maestro, de la
misma manera conviene que éste decida todas las cosas con prudencia y sentido
de la justicia.
7Por
tanto, sigan todos la regla como maestra en todo y nadie se desvíe de ella
temerariamente. 8Nadie se deje conducir en el monasterio por la
voluntad de su propio corazón, 9ni nadie se atreva a discutir con su
abad desvergonzadamente o fuera del monasterio. 10Y, si alguien se
tomara esa libertad, sea sometido a la disciplina regular. 11El
abad, por su parte, actuará siempre movido por el temor de Dios y ateniéndose a
la observancia de la regla, con una conciencia muy clara de que deberá rendir
cuentas a Dios, juez rectísimo, de todas sus determinaciones.
12Pero,
cuando se trate de asuntos menos transcendentes, será suficiente que consulte
solamente a los monjes más ancianos, 13conforme está escrito: «Hazlo
todo con consejo, y, después de hecho, no te arrepentirás».
Art. 102. El Capítulo conventual participa en el
gobierno de la casa siempre que se trate de asuntos de gravedad para el
monasterio, y especialmente en los casos prescritos por las Constituciones de
la Congregación y por el derecho común. El Capítulo conventual
mediante un acto verdaderamente colegial, elige el abad, y colegialmente
también se toman decisiones relativas a la actividad del monasterio, a la
admisión y formación de nuevos candidatos, a la administración de los bienes.
Art.103. Ahora bien, no ha de
restringiese la función del Capítulo conventual únicamente a los casos, en los
cuales los capitulares por derecho común o particular han de dar su voto
deliberativo o consultivo; los hermanos deben ser reunidos a menudo con el fin
de mantener un coloquio, un diálogo verdaderamente fraterno, con el fin de
procurar una eficaz participación y solicitud de los hermanos en bien del
monasterio. Así el Capítulo conventual ha de ser un foro de información de los
asuntos del monasterio, de la Congregación y de la orden, y a la vez el lugar
donde los oficiales hacen una relación de las gestiones realizadas y los
expertos exponen las cuestiones actuales.
Art. 104. Los temas a tratar en el Capítulo han de
escogerse, con la ayuda del consejo del abad, teniendo en cuenta los deseos y
los problemas propuestos por cualquiera de los hermanos; han de comunicarse a
la comunidad de modo apto y con tiempo suficiente para el estudio y la
reflexión de los temas propuestos. En ciertas materias será mucho más
conveniente dar la respuesta por escrito. La obligación de secreto que se
restrinja a aquellas cosas que reclaman una absoluta discreción; de cara al
exterior del monasterio, los hermanos han de usar una máxima discreción siempre
que se trate de asuntos de la familia monástica.
Art. 105. En todas las comunidades han de disponerse
medios aptos para que todos los hermanos, incluso los que viven fuera de la
casa, puedan estar informados de modo habitual, detalladamente y en el momento
oportuno de los asuntos del monasterio, de la Congregación y de la Orden.
Art. 106. El consejo del abad, llamado comúnmente de
los seniores, formado por un número más reducido de miembros, ha de ser
convocado oportunamente en todas las necesidades de la familia monástica, en
asuntos de mera utilidad y, especialmente, en los casos en que ha de tratarse
algo secreto. Es costumbre que este consejo esté formado por miembros elegidos
por la comunidad y designados por el abad, a partes iguales.
Art.107. Si se llevan a la práctica los principios y
consejos que acabamos de exponer, las comunidades podrán adquirir un nuevo
vigor, serán como familias que, llenas de caridad, habitan en la casa de Dios,
y como escuadrón fraterno bien ordenado, gozando de una firme unidad, en la
cual cada uno llevando a cabo su propia función, sirve a todos y se siente
robustecido por los demás.
Capítulo
4º: CUÁLES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS
|
A |

nte
todo, «amar al Señor Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las
fuerzas», 2y además «al prójimo como a sí mismo». 3Y no
matar. 4No cometer adulterio. 5No hurtar. 6No
codiciar. 7No levantar falso testimonio, 8Honrar a todos
los hombres. 9y «no hacer a otro lo que uno no desea para sí mismo».
10Negarse
sí mismo para seguir a Cristo. 11Castigar el cuerpo. 12No
darse a los placeres, 13amar el ayuno. 14Aliviar a los
pobres, 15vestir al desnudo, 16visitar a los enfermos, 17dar
sepultura a los muertos, 18ayudar al atribulado, 19consolar
al afligido.
20Hacerse
ajeno a la conducta del mundo, 21no anteponer nada al amor de
Cristo. 22No consumar los impulsos de la ira 23ni guardar
resentimiento alguno. 24No abrigar en el corazón doblez alguna, 25no
dar paz fingida, 26no cejar en la caridad. 27No jurar,
por temor a hacerlo en falso; 28decir la verdad con el corazón y con
los labios.
29No
devolver mal por mal, 30no inferir injuria a otro e incluso sobrellevar
con paciencia las que a uno mismo le hagan, 31amar a los enemigos, 32no
maldecir a los que le maldicen, antes bien bendecirles; 33soportar
la persecución por causa de la justicia.
34No
ser orgulloso, 35ni dado al vino, 36ni glotón, 37ni
dormilón, 38ni perezoso, 39ni murmurador, 40ni
detractor.
41Poner
la esperanza en Dios. 42Cuando se viera en sí mismo algo bueno,
atribuirlo a Dios y no a uno mismo; 43el mal, en cambio, imputárselo
a sí mismo, sabiendo que siempre es una obra personal.
44Temer
el día del juicio, 45sentir terror del infierno, 46anhelar
la vida eterna con toda la codicia espiritual, 47tener cada día
presente ante los ojos a la muerte. 48Vigilar a todas horas la
propia conducta, 49estar cierto de que Dios nos está mirando en todo
lugar. 50Cuando sobrevengan al corazón los malos pensamientos,
estrellarlos inmediatamente contra Cristo y descubrirlos al anciano espiritual.
51Abstenerse de palabras malas y deshonestas, 52no ser
amigo de hablar mucho, 53no decir necedades o cosas que exciten la
risa, 54 no gustar de reír mucho o estrepitosamente.
55Escuchar
con gusto las lecturas santas, 56postrarse con frecuencia para orar,
57confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las
culpas pasadas, 58y de esas mismas culpas corregirse en adelante.
59No
poner por obra los deseos de la carne, 60aborrecer la propia
voluntad, 61obedecer en todo los preceptos del abad, aun en el caso
de que él obrase de otro modo, lo cual Dios quiera que no suceda, acordándose
de aquel precepto del Señor: «Haced todo lo que os digan, pero no hagáis lo que
ellos hacen».
62No
desear que le tengan a uno por santo sin serlo, sino llegar a serlo
efectivamente, para ser así llamado con verdad. 63Practicar con los
hechos de cada día los preceptos del Señor; 64amar la castidad, 65no
aborrecer a nadie, 66no tener celos, 67no obrar por
envidia, 68no ser pendenciero, 69evitar toda altivez. 70Venerar
a los ancianos, 71amar a los jóvenes. 72Orar por los
enemigos en el amor de Cristo, 73hacer las paces antes de acabar el
día con quien se haya tenido alguna discordia.
74Y
jamás desesperar de la misericordia de Dios.
75Estos
son los instrumentos del arte espiritual. 76Si los manejamos
incesantemente día y noche y los devolvemos en el día del juicio, recibiremos
del Señor la recompensa que tiene prometida: 77«Ni ojo alguno vio,
ni oreja oyó, ni pasó a hombre por pensamiento las cosas que Dios tiene
preparadas para aquellos que le aman».
78Pero
el taller donde hemos de trabajar incansablemente en todo esto es el recinto
del monasterio y la estabilidad en la comunidad.
Art. 46. Dios nos llama no solamente al fin expuesto
más arriba, sino también a que utilicemos los medios que Él nos ofrece, y en
particular
los consejos evangélicos, la vida en la
comunidad cisterciense, la vida de oración, el amor a la cruz y el
servicio que debemos prestar a la comunidad humana con nuestra actividad.
Art. 47. Nosotros abrazamos los consejos evangélicos
de un modo especial para seguir como discípulos a Cristo, nuestro maestro, y
así estarle más unidos, y mediante nuestra observancia monástica acercarnos a
El cada vez más íntimamente.
Capítulo 5º: LA OBEDIENCIA
|
E |
l primer grado de humildad es la obediencia sin demora. 2Exactamente
la que corresponde a quienes nada conciben más amable que Cristo. 3Estos,
por razón del santo servicio que han profesado, o por temor del infierno, o por
el deseo de la vida eterna en la gloria, 4son incapaces de diferir
la realización inmediata de una orden tan pronto como ésta emana del superior,
igual que si se lo mandara el mismo Dios. 5De ellos dice el Señor:
«Nada más escucharme con sus oídos, me obedeció». 6Y dirigiéndose a
los maestros espirituales: «Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí».
7Los
que tienen esta disposición prescinden al punto de sus intereses particulares,
renuncian a su propia voluntad 8y, desocupando sus manos, dejan sin
acabar lo que están haciendo por caminar con las obras tras la voz del que
manda con pasos tan ágiles como su obediencia. 9Y como en un momento,
con la rapidez que imprime el temor de Dios, hacen coincidir ambas cosas a la
vez: el mandato del maestro y su total ejecución por parte del discípulo.
10Es
que les consume el anhelo de caminar hacia la vida eterna, 11y por
eso eligen con toda su decisión el camino estrecho al que se refiere el Señor:
«Estrecha es la senda que conduce a la vida». 12Por esta razón no
viven a su antojo ni obedecen a sus deseos y apetencias, sino que, dejándose
llevar por el juicio y la voluntad de otro, pasan su vida en los cenobios y
desean que les gobierne un abad. 13Ellos son, los que indudablemente
imitan al Señor, que dijo de sí mismo: «No he venido para hacer mi voluntad,
sino la de Aquel que me envió».
14Pero
incluso este tipo de obediencia sólo será grata a Dios y dulce para los hombres
cuando se ejecute lo mandado sin miedo, sin tardanza, sin frialdad, sin
murmuración y sin protesta. 15Porque la obediencia que se tributa a
los superiores, al mismo Dios se tributa, como él mismo lo dijo: «El que a
vosotros escucha, a mí me escucha». 16 Y los discípulos deben
ofrecerla de buen grado, porque «Dios ama al que da con alegría». 17Efectivamente,
el discípulo que obedece de mala gana y murmura, no ya con la boca, sino sólo
con el corazón, 18aunque cumpla materialmente lo preceptuado, ya no
será agradable a Dios, pues ve su corazón que murmura, 19y no
conseguirá premio alguno de esa obediencia. Es más, cae en el castigo
correspondiente a los murmuradores, si no se corrige y hace satisfacción.
Art. 52. La obediencia significa, ante todo, tener el
corazón abierto para recibir el estímulo del Espíritu Santo: el cual sopla
donde quiere y nos manifiesta la voluntad de Dios de diversas maneras. Y así
como el alimento de Cristo era hacer la voluntad de Aquel que le había enviado,
y, tomando la forma de siervo, se hizo obediente hasta la muerte y muerte de
cruz, así también nosotros, deseosos de seguir a Cristo muy de cerca, hemos de
buscar la voluntad del Padre y seguirla con el espíritu bien dispuesto.
Con mucha frecuencia, la voz de la Iglesia, la
enseñanza y las exhortaciones del Sumo Pontífice, de la Santa Sede, de los
obispos y de los abades, -que no deben tan solo dirigir la actividad externa,
sino que es necesario que formen nuestra espiritualidad-, nos transmiten la voz
de Dios. Además, los movimientos carismáticos de la Iglesia contemporánea
expresan de modo siempre actual las intenciones del Espíritu Santo, el cual, a
la vez que rejuvenece a la Iglesia, renueva también sin cesar nuestra vida
monástica.
Art. 53. Por esta razón, los monjes, deseosos de
cumplir la voluntad de Dios con espíritu de fe y de amor, ansían ser gobernados
por un abad, el cual hace las veces de Cristo; a él prestan humildemente
obediencia según las normas de la Regla y de las Constituciones, contribuyendo
con su inteligencia, su voluntad y con los dones de la gracia, a la realización
de sus preceptos y el cumplimiento de las funciones que se les asignan,
sabiendo que de este modo colaboran a la edificación del Cuerpo de Cristo según
los designios de Dios. De este modo la obediencia religiosa de ninguna manera
disminuye la dignidad de la persona humana, sino más bien la conduce hacia la
madurez con la amplia libertad de los hijos de Dios.
Capítulo 6º: LA TACITURNIDAD
|
C |

umplamos
nosotros lo que dijo el profeta: «Yo me dije: vigilaré mi proceder para no
pecar con la lengua. Pondré una mordaza a mi boca. Enmudecí, me humillé y me
abstuve de hablar aun de cosas buenas». 2Enseña aquí el profeta que,
si hay ocasiones en las cuales debemos renunciar a las conversaciones buenas
por exigirlo así la misma taciturnidad, cuánto más deberemos abstenernos de las
malas conversaciones por el castigo que merece el pecado. 3Por lo
tanto, dada la importancia que tiene la taciturnidad, raras veces recibirán los
discípulos perfectos licencia para hablar, incluso cuando se trate de
conversaciones honestas, santas y de edificación, para que guarden un silencio
lleno de gravedad. 4Porque escrito está: «En mucho charlar no
faltará pecado». 5Y en otro lugar: «Muerte y vida están en poder de
la lengua». 6Además, hablar y enseñar incumbe al maestro; pero al
discípulo le corresponde callar y escuchar.
7Por eso, cuando sea necesario
preguntar algo al superior, debe hacerse con toda humildad y respetuosa sumisión.
8Pero las chocarrerías, las palabras ociosas y las que provocan la
risa, las condenamos en todo lugar a reclusión perpetua. Y no consentimos que
el discípulo abra su boca para semejantes expresiones.
Declaración
art. 48-49
Art. 48. La castidad voluntaria, aceptada
por el Reino de Dios, no consiste en la simple renuncia al matrimonio y a
las alegrías de la familia natural, sino que nos debe procurar una gran
libertad para dedicarnos las cosas de Dios y de la Iglesia con todas nuestras
fuerzas físicas y psíquicas. Mediante la profesión religiosa queremos dar
testimonio, de una manera más directa y profunda, de la gran esperanza
cristiana del mundo futuro, en el cual los hombres no contraen matrimonio. Por
esta razón la castidad es un signo escatológico eminente de nuestra vida.
Art. 49. Esta total consagración de si mismo a Dios
ha de ser la base para edificar la familia monástica. En esta familia de Dios
la caridad común y la identidad de vocación aseguran el amor y la ayuda mutua
de los diversos miembros. De una parte, cada uno debe sobrellevar con
toda fidelidad las cargas de los demás, y por
otra, todos participamos en las gracias y virtudes propias de cada uno. Así,
abrazamos de modo eminente la vida comunitaria de salvación, que Dios mismo
instituyó para el género humano en la Iglesia. Así Dios dilata nuestros
corazones para que seamos capaces de amar a todos nuestros prójimos, y en
primer lugar a nuestros hermanos/hermanas que conviven en el monasterio, con
una caridad sincera y activa.
|
|
a
divina escritura, hermanos, nos dice a gritos: «Todo el que se ensalza será
humillado y el que se humilla será ensalzado». 2Con estas palabras
nos muestra que toda exaltación de sí mismo es una forma de soberbia. 3El
profeta nos indica que él la evitaba cuando nos dice: «Señor, mi corazón no es
ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi
capacidad». 4Pero ¿qué pasará «si no he sentido humildemente de mí
mismo, si se ha ensoberbecido mi alma? Tratarás a mi alma como al niño recién
destetado, que está penando en los brazos de su madre».
5Por
tanto, hermanos, si es que deseamos ascender velozmente a la cumbre de la más
alta humildad y queremos llegar a la exaltación celestial a la que se sube a
través de la humildad en la vida presente, 6hemos de levantar con
los escalones de nuestras obras aquella misma escala que se le apareció en
sueños a Jacob, sobre la cual contempló a los ángeles que bajaban y subían. 7Indudablemente,
a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la
altivez se baja y por la humildad se sube. 8La escala erigida
representa nuestra vida en este mundo. Pues, cuando el corazón se abaja, el
Señor lo levanta hasta el cielo. 9Los dos largueros de esta escala
son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cuales la vocación divina ha hecho
encajar los diversos peldaños de la humildad y de la observancia para subir por
ellos.
Art. 65. La vida del monje ha de consistir en seguir
a Cristo, que se hizo humilde. Sinceramente arrepentidos de nuestros pecados y
conscientes de nuestras limitaciones, así como de haber sido rehabilitados
por la misericordia divina, debemos buscar la gloria de Dios, y no la nuestra.
Animados por este espíritu de humildad hemos de aceptar serenamente las
tribulaciones y las privaciones, debemos estar contentos aun cuando sean
escasas las compensaciones y los medios de subsistencia.
La vida monástica solamente puede subsistir
bajo el signo de la cruz. Dado que seguimos el amor de Cristo, y nadie puede
ser mayor que Él, hemos de recorrer el largo camino de la renuncia, y mortificamos
nuestros miembros para servir al Dios vivo; Cristo nos llama cada día, al igual
que a sus apóstoles, a cargar con la cruz.

|
Y |
así,
el primer grado de humildad es que el monje mantenga siempre ante sus ojos el
temor de Dios y evite por todos los medios echarlo en olvido; 11que
recuerde siempre todo lo que Dios ha mandado y medite constantemente en su
espíritu cómo el infierno abrasa por sus pecados a los que menosprecian a Dios
y que la vida eterna está ya preparada para los que le temen. 12Y,
absteniéndose en todo momento de pecados y vicios, esto es, en los
pensamientos, en la lengua, en las manos, en los pies y en la voluntad propia,
y también en los deseos de la carne, 13tenga el hombre por cierto
que Dios le está mirando a todas horas desde el cielo, que esa mirada de la
divinidad ve en todo lugar sus acciones y que los ángeles le dan cuenta de
ellas a cada instante.
14Esto
es lo que el profeta quiere inculcarnos cuando nos presenta a Dios dentro de
nuestros mismos pensamientos al decirnos: «Tú sondeas, ¡oh Dios!, el corazón y
las entrañas». 15Y también: «El Señor conoce los pensamientos de los
hombres». 16Y vuelve a decirnos: «De lejos conoces mis
pensamientos». 17Y en otro lugar dice: «El pensamiento del hombre se
te hará manifiesto». 18Y para vigilar alerta todos sus pensamientos
perversos, el hermano fiel a su vocación repite siempre dentro de su corazón:
«Solamente seré puro en su presencia si sé mantenerme en guardia contra mi
iniquidad».
19En
cuanto a la propia voluntad, se nos prohíbe hacerla cuando nos dice la
Escritura: «Refrena tus deseos». 20También pedimos a Dios en la
oración «que se haga en nosotros su voluntad». 21Pero que no hagamos
nuestra propia voluntad se nos avisa con toda la razón, pues así nos libramos
de aquello que dice la Escritura santa: «Hay caminos que les parecen derechos a
los hombres, pero al fin van a parar a la profundidad del infierno». 22Y
también por temor a que se diga de nosotros lo que se afirma de los
negligentes: «Se corrompen y se hacen abominables en sus apetitos».
23Cuando
surgen los deseos de la carne, creemos también que Dios está presente en cada
instante, como dice el profeta al Señor: «Todas mis ansias están en tu
presencia». 24Por eso mismo, hemos de precavernos de todo mal deseo,
porque la muerte está apostada al umbral mismo del deleite. 25Así
que nos dice la Escritura: «No vayas tras tus concupiscencias».
26Luego
si «los ojos del Señor observan a buenos y malos», si «el Señor mira
incesantemente a todos los hombres para ver si queda algún sensato que busque a
Dios» 28y si los ángeles que se nos han asignado anuncian siempre
día y noche nuestras obras al Señor, 29hemos de vigilar, hermanos,
en todo momento, como dice el profeta en el salmo, para que Dios no nos
descubra cómo «nos inclinamos del lado del mal y nos hacemos unos malvados»; 30y,
aunque en esta vida nos perdone, porque es bueno, esperando a que nos
convirtamos a una vida más digna, tenga que decirnos en la otra: «Esto hiciste,
y callé».
RB 7,31-33|
E |
l
segundo grado de humildad es que el monje, al no amar su propia voluntad, no se
complace en satisfacer sus deseos, 32sino que cumple con sus obras
aquellas palabras del Señor: «No he venido para hacer mi voluntad, sino la del
que me ha enviado». 33Y dice también la Escritura: «La voluntad
lleva su castigo y la sumisión reporta una corona».
Art. 66 La participación a la
cruz de Cristo, a la que hemos sido llamados, se manifiesta muy a menudo de la
forma siguiente: -humillándonos huyendo de la vanagloria y de las ambiciones egoístas;
-cumpliendo exactamente el trabajo cotidiano, que actualmente impone frecuentes
sacrificios, que muy bien pueden parangonarse con las austeridades de la vida
monástico antigua; -ejercitando la paciencia con la cual hemos de soportar las
enfermedades del cuerpo y del espíritu, la debilidad de nuestras
facultades y el peso de la vida común; -amando a nuestros enemigos,
perseguidores y calumniadores; aceptando la vejez y la muerte, de tal manera
que manifestemos nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna.
|
|
RB 7,34
l tercer grado de humildad es que el monje se
someta al superior con toda obediencia por amor a Dios, imitando al Señor, de
quien dice el Apóstol: «Se hizo obediente hasta la muerte».
Art. 67. Del mismo modo que en el
bautismo prometimos oponernos y resistir a Satanás y a todas sus propuestas,
mediante la vida monástica queremos huir del mundo en la medida que está sujeto
al diablo; deseamos rechazar los deseos de los ojos, la concupiscencia de la
carne y la soberbia de la vida. La huida del mundo ha de entenderse
sobre todo como la separación interna de la mentalidad de este siglo que no
espera nada más allá del sepulcro, y en esta vida únicamente valora los
placeres del cuerpo y del alma.
La separación externa del "mundo"
-practicada de maneras muy distintas según los diversos monasterios-, es un
signo y a la vez un medio de esta separación interior.
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|
l
cuarto grado de humildad consiste en que el monje se abrace calladamente con la
paciencia en su interior en el ejercicio de la obediencia, en las dificultades
y en las mayores contrariedades, e incluso ante cualquier clase de injurias que
se le infieran, 36y lo soporte todo sin cansarse ni echarse para
atrás, pues ya lo dice la Escritura: «Quien resiste hasta el final se salvará».
37Y también: «Cobre aliento tu corazón y espera con, paciencia al
Señor». 38Y cuando quiere mostrarnos cómo el que desea ser fiel debe
soportarlo todo por el Señor aun en las adversidades, dice de las personas que
saben sufrir: «Por ti estamos a la muerte todo el día, nos tienen por ovejas de
matanza». 39Mas con la seguridad que les da la esperanza de la recompensa
divina, añaden estas palabras: «Pero todo esto lo superamos de sobra gracias al
que nos amó». 40Y en otra parte dice también la Escritura: «¡Oh
Dios!; nos pusiste a prueba, nos refinaste en el fuego como refinan la plata,
nos empujaste a la trampa, nos echaste a cuestas la tribulación». 41Y
para convencernos de que debemos vivir bajo un superior, nos dice: «Nos has
puesto hombres que cabalgan encima de nuestras espaldas». 42Además
cumplen con su paciencia el precepto del Señor en las contrariedades e
injurias, porque, cuando les golpean en una mejilla, presentan también la otra;
al que les quita la túnica, le dejan también la capa; si le requieren para
andar una milla, le acompañan otras dos; 43como el apóstol Pablo,
soportan la persecución de los falsos hermanos y bendicen a los que les
maldicen.
Art. 68. El amor a la cruz y la decidida
oposición al espíritu de este mundo no deben hacernos indiferentes a los
auténticos valores de este mundo que hemos de utilizar en nuestro servicio del
reino de Dios. Los valores técnicos y económicos, sociales y culturales
no han de ser para nosotros como algo ajeno, sino más bien su utilización
enriquece nuestra vida y nos hace entrar íntimamente en el seno de la familia
humana.
RB ,44-48
|
|
l
quinto grado de humildad es que el monje con una humilde confesión manifieste a
su abad los malos pensamientos que le vienen al corazón y las malas obras
realizadas ocultamente. 45La Escritura nos exhorta a ello cuando nos
dice: «Manifiesta al Señor tus pasos y confía en él». 46Y también
dice el profeta: «Confesaos al Señor, porque es bueno, porque es eterna su
misericordia». 47Y en otro lugar dice: «Te manifesté mi delito y
dejé de ocultar mi injusticia. 48Confesaré, dije yo, contra mí mismo
al Señor mi propia injusticia, y tú perdonaste la malicia de mi pecado».
Declaración,
art. 116
Art. 116. La Carta de Caridad establece una visita anual, que el
abad del monasterio fundador o un delegado suyo, según la ley de filiación,
debe realizar. La finalidad de esta visita era para promover el fervor, y, en
caso de necesidad, para aportar una corrección fraterna en la caridad. La
visita anual era el nervio de la estructura jurídica de la Orden, y fue objeto
de gran estimación por parte de todos, incluso de personas ajenas a la misma.
Ciertamente, mucho se debe a esta institución en orden a fortalecer y promover
la vida de los monasterios.
El Visitador, una vez ha realizado el
escrutinio, muy a menudo puede dar al abad local óptimos consejos, dirigir su
atención a ciertas cuestiones y problemas que quizá el abad no ha percibido, o
al menos no se ha dado plena cuenta de su concatenación y de sus aspectos
personales. Si el Visitador comprendiera que en aquel monasterio no se observan
ciertos preceptos de nuestra Orden, procure corregirlo caritativamente de
acuerdo con el abad local.
La ley de la filiación hoy día solamente está en vigor en algunos
monasterios. En lugar de la antigua relación casi natural, que era la base de
la filiación, hoy encontramos generalmente la unión de monasterios diversos en
Congregaciones, en las cuales, de ordinario el Visitador es el Abad Presidente
de la Congregación, a excepción de aquellos casos en los cuales aun rige la ley
de filiación o cuando las Constituciones de la Congregación disponen otra cosa.
|
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l sexto grado de humildad es que el monje se
sienta contento con todo lo que es más vil y abyecto y que se considere a sí
mismo como un obrero malo e indigno para todo cuanto se le manda, 50diciéndose
interiormente con el profeta: «Fui reducido a la nada sin saber por qué; he
venido a ser como un jumento en tu presencia, pero yo siempre estaré contigo».
Art. 117. La finalidad de la visita es la
misma que la del principio, si bien ciertos aspectos del modo de llevarla a
término han de adaptarse a las nuevas condiciones. Las visitas incluso en
nuestros tiempos conviene que se hagan a menudo, si bien quizá no todas sean
visitas canónicas. Téngase en cuenta para esto las necesidades de cada comunidad.
El Visitador no es, ciertamente, ni un
legislador ni un reformador, sino más bien debe promover un examen de
conciencia de todos. La solución de los problemas difícilmente puede venir de
una imposición, sino tan solo de una interna persuasión. Como es natural, esto
requiere muchas cosas tanto de parte del visitador como de parte de los
visitados.
El Visitador, cuya función es ante todo un
servicio de caridad, ha de procurar ante todo comprender el estado psicológico
de la comunidad. Para que la visita aporte al monasterio un auténtico
incremento, es necesario atender debidamente a la autonomía legítima del
monasterio y a sus fines propios convenientemente aprobados.
Los que son visitados conviene que con toda
humildad y sinceridad expongan cuanto crean conveniente, buscando en verdad el
bien de las almas y el progreso de la comunidad en el servicio de Dios. No
olviden los límites a que está sujeto el visitador, a saber, el ámbito limitado
de materias en las cuales el Visitador puede intervenir, y las posibilidades
reales de sus intervenciones. Muchas veces la visita no produce ningún fruto
por el hecho de que muchos miembros de la comunidad esperaban del visitador una
actuación inconsiderada e infundada, declarándose muy pronto decepcionados sin
comprender que el visitador no podía realizar imposibles.
RB 7,51-54
|
|
l séptimo grado de humildad es que,
no contento con reconocerse de palabra como el último y más despreciable de
todos, lo crea también así en el fondo de su corazón, 52humillándose
y diciendo como el profeta: «Yo soy un gusano, no un hombre; la vergüenza de la
gente, el desprecio del pueblo». 53«Me he ensalzado, y por eso me
veo humillado y abatido». 54Y también: «Bien me está que me hayas
humillado, para que aprenda tus justísimos preceptos».

|
E |
l octavo grado de humildad es que el monje en nada se
salga de la regla común del monasterio, ni se aparte del ejemplo de los
mayores.
RB 7,56-58
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l noveno grado de humildad es que el monje domine su lengua y, manteniéndose en la taciturnidad, espere a que se le pregunte algo para hablar, 57ya que la Escritura nos enseña que «en el mucho hablar no faltará pecado» 58y que «el deslenguado no prospera en la tierra».
|
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l décimo grado de humildad es que el monje no se
ría fácilmente y en seguida, porque está escrito: «El necio se ríe
estrepitosamente».
RB 7,60-61
|
|
l undécimo grado de humildad es que
el monje hable reposadamente y con seriedad, humildad y gravedad, en pocas
palabras y juiciosamente, sin levantar la voz, 61tal como está
escrito: «Al sensato se le conoce por su parquedad de palabras».
RB 7,62-70
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l El duodécimo grado de humildad es que el monje, además de ser humilde en
su interior, lo manifieste siempre con su porte exterior a cuantos le vean; 63es
decir, que durante la obra de Dios, en el oratorio, dentro del monasterio, en
el huerto, cuando sale de viaje, en el campo y en todo lugar, sentado, de pie o
al andar, esté siempre con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. 64Y,
creyéndose en todo momento reo de sus propios pecados, piensa que se encuentra
ya en el tremendo juicio de Dios, 65diciendo sin cesar en la
intimidad de su corazón lo mismo que aquel recaudador de arbitrios decía con la
mirada clavada en tierra: «Señor, soy tan pecador, que no soy digno de levantar
mis ojos hacia el cielo». 66Y también aquello del profeta: «He sido
totalmente abatido y humillado».
67Cuando el monje haya remontado todos estos
grados de humildad, llegará pronto a ese grado de «amor a Dios que, por ser
perfecto, echa fuera todo temor»; 68gracias al cual, cuanto cumplía
antes no sin recelo, ahora comenzará a realizarlo sin esfuerzo, como
instintivamente y por costumbre; 69no ya por temor al infierno, sino
por amor a Cristo, por cierta santa connaturaleza y por la satisfacción que las
virtudes producen por sí mismas. 70Y el Señor se complacerá en
manifestar todo esto por el Espíritu Santo en su obrero, purificado ya de sus
vicios y pecados.
Art. 10 La fuente más importante y
ubérrima de nuestra vida es la acción y la inspiración del Espíritu Santo en
nosotros. Creemos firmemente, en efecto, que el Espíritu de Dios está también
operando en nosotros, iluminando nuestros corazones para que conozcamos mejor
la voluntad de Dios y la sigamos con más prontitud. Nada es tan importante para
nosotros como sondear con sinceridad de corazón nuestra vida y nuestra
vocación, bajo la luz del Espíritu Santo y responder fielmente a sus impulsos.
Esta operación, aunque misteriosa, se manifiesta de una manera especial en la
fraternal unión de los hermanos buscando formas aptas y dignas del servicio de
Dios, con el fin de buscar sinceramente la voluntad de Dios. El diálogo digno y
abierto, la sincera y común deliberación, la cooperación responsable de todos
los miembros, son, en primer lugar, los medios por los cuales se nos manifiestan
los impulsos y mociones, del Espíritu Santo.
Capítulo 8º: EL OFICIO DIVINO POR LA NOCHE
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HD |

urante
el invierno, esto es, desde las calendas de noviembre hasta Pascua, se
levantarán a la octava hora de la no che conforme al cómputo correspondiente, 2
para que reposen hasta algo más de la media noche y puedan levantarse ya
descansados. 3 El tiempo que resta después de acabadas las vigilias,
lo emplearán los hermanos que así lo necesiten en el estudio de los salmos y de
las lecturas.
4
Pero desde Pascua hasta las calendas de noviembre ha de regularse el horario de
tal manera, que el oficio de las vigilias, tras un cortísimo intervalo en el
que los monjes puedan salir por sus necesidades naturales, se comiencen
inmediatamente los laudes, que deberán celebrarse al rayar el alba.
Art. 18. Nuestra Orden -como cualquier
individuo y cualquier sociedad particular, conserva en si misma su pasado,
lleva consigo la herencia y la autoridad no solo de la historia propia desde
los orígenes de Cister, sino también de la historia del monaquismo en general,
cuyas raíces se remontan a los primeros siglos del cristianismo. Por tanto, nos
será de gran provecho recoger brevemente las principales fases de la historia
monástica así como su importancia.
Art. 19. Desde los orígenes de la
Iglesia existían formas primitivas de vida monástica (los confesores, las
vírgenes, cuya vida llaman algunos "monaquismo doméstico"). En el
siglo III, además de las formas antedichas, aparecen los anacoretas y los
cenobitas en toda la Iglesia, y a partir del siglo IV, se redactan las "Reglas"
que tenían por misión ordenar las nuevas instituciones monásticas y transmitir
a la posteridad las experiencias de los "padres espirituales". No
obstante, el Evangelio continua siendo la "Regla no regulada", a la
cual todas las demás habían de estar sometidas.
Art.
20. Sin duda
alguna la Regla de san Benito sobresale entre todas.
De las demás reglas el santo Patriarca
resumió cuanto había de importante en su "mínima Regla de iniciación"
según la cual el monasterio es considerado como la "escuela del servicio
divino", en la cual la comunidad, bajo la paternidad de Cristo, del cual
hace sus veces el abad para servir a los hermanos, en el armónico equilibrio el
“opus Dei”, de la lectura divina, del trabajo y otros ejercicios, a la luz del
Evangelio corren por el camino de los mandamientos de Dios.
Art. 21. La Regla, que ordena la
actividad en el interior del monasterio, en cierto modo recibe un complemento
en la "Vida de san Benito" que nos describen los "Diálogos"
de san Gregorio; aunque esta Vida no sea históricamente perfecta en todas sus
partes, a pesar de todo, nos enseña como según la tradición este santo Padre
recibía a, los que iban al monasterio y de que manera se conducía fuera del
monasterio. San Gregorio nos muestra a san Benito que "con su predicación
continua atraía a la fe a las multitudes que habitaban en los aledaños", y
que también enviaba frecuentemente a sus hermanos al pueblo vecino para
"exhortar a las almas".
Capítulo 9º: CUÁNTOS SALMOS HAN DE DECIRSE EN LAS HORAS NOCTURNAS
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n el
mencionado tiempo de invierno se comenzará diciendo en primer lugar y por tres
veces este verso: «Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza».
2Al cual se añade el salmo 3 con el gloria. 3Seguidamente,
el salmo 94 con su antífona, o al menos cantado. 4Luego seguirá el
himno ambrosiano, y a continuación seis salmos con antífonas. 5Acabados
los salmos y dicho el verso, el abad da la bendición. Y, sentándose todos en
los escaños, leerán los hermanos, por su turno, tres lecturas del libro que
está en el atril, entre las cuales se cantarán tres responsorios. 6Dos
de estos responsorios se cantan sin gloria, y en el que sigue a la tercera
lectura, el que canta dice gloria. 7Todos se levantarán
inmediatamente cuando el cantor comienza el gloria, en señal de honor y
reverencia a la Santísima Trinidad. 8En el oficio de las vigilias se
leerán los libros divinamente inspirados, tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento, así como los comentarios que sobre ellos han escrito los Padres
católicos más célebres y reconocidos como ortodoxos.
9Después
de estas tres lecciones con sus responsorios seguirán otros seis salmos, que se
han de cantar con aleluya. 10Y luego viene una lectura del Apóstol,
que se dirá de memoria; el verso, la invocación de la letanía, o sea, el Kyrie
eleison, 11y así se terminan las vigilias de la noche.
Art. 22 La Regla de san Benito no era la
única regla en uso, ni tampoco gozaba de aceptación universal hasta el tiempo
de san Benito de Aniano (época de la llamada "Regla mixta"). Pero a
partir de aquel momento lentamente se fue introduciendo en todos los
monasterios del Imperio Carolingio. Desde entonces en el monaquismo occidental
se manifestó una cierta uniformidad de vida, que permitió llamar a aquel
monaquismo benedictino.
Los Sínodos celebrados en los siglos IX-XI
procuraron distinguir con mayor precisión las diferencias existentes entre los
monjes y los canónigos regulares, aunque con escasos resultados. De hecho, el
número de monjes que recibían las órdenes sagradas aumentaba cada vez más,
pasando así a formar parte del estado clerical, mientras que los canónigos
regulares buscaban organizar su vida según los usos monásticos. Además durante
los siglos X y XI, los monjes, abandonando la simplicidad de vida,
incrementaron sensiblemente la actividad de la liturgia en el monasterio, que
pesó sobre el conjunto de la vida monástica hasta hacer perder el equilibrio
existente entre oración y trabajo.
Capítulo 10º: CÓMO HA DE CELEBRARSE EN VERANO LA ALABANZA NOCTURNA
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esde Pascua hasta las calendas de noviembre se mantendrá el número de salmos
indicado anteriormente, 2y sólo se dejarán de leer las lecturas del
libro, porque las noches son cortas. Y en su lugar se dirá solamente una, de
memoria, tomada del Antiguo Testamento, seguida de un responsorio breve. 3Todo
lo demás se hará tal como hemos dicho; esto es, que nunca se digan menos de
doce salmos en las vigilias de la noche, sin contar el 3 y el 94.
Declaración
art. 23
Art. 23 Sin embargo, en el siglo XI, entre los monjes así
como entre los canónigos regulares, aparecen nuevos movimientos espirituales
con el propósito de volver de nuevo a la verdadera pobreza evangélica, al
trabajo manual, a la "pureza de la Regla" y a las fuentes auténticas
del monacato antiguo.
Cister fue fundado con este fin. Los
Fundadores del "Nuevo Monasterio" restituyeron el equilibrio entre
vida litúrgico y el trabajo, si bien no aplicaron a la letra todas las
disposiciones de la Regla.
Conservaron diversas funciones litúrgicas
ignoradas por san Benito e introducidas posteriormente (como por ejemplo la
misa conventual cotidiana), y así quedó alterado el horario de la jornada
monástica primitiva. Además admitieron hermanos conversos, sin los cuales,
según ellos decían, “no podían observar noche y día los preceptos de la Regla”.
Así, pues, en muchos puntos interpretaban la Regla no según su sentido
histórico del siglo VI, sino de acuerdo con interpretaciones posteriores.
Desde los comienzos, los monasterios fundados por
Cister o por sus filiales eran abadías "sui iuris", unidas entre sí
según las prescripciones de la "Carta de Caridad", y sus abades cada
año se reunían en Cister para celebrar el Capítulo General con el fin de
promover el bien de las almas de los monjes que se les habían confiado.
Desde los
primeros decenios del siglo XIII, los abades de nuestra Orden promovieron
fundaciones de monasterios de monjas y las ayudaros para organizar su vida. Los
conventos de monjas así como también los monasterios de monjes, hasta el año
1184, estaban bajo la jurisdicción de los obispos. Una vez obtenida la
exención, muchos monasterios de monjas fueron incorporados a la Orden.
Al inicio, las abadesas fundadoras hacían la visita
regular a las abadías hijas, y las filiaciones tuvieron también sus capítulos,
pero por causa de la ley de la clausura, que en la Edad Media fue cada vez más
rigurosa para las monjas, la visita pasó al Padre Inmediato y los capítulos de
abadesas ya no se celebraron más.
Capítulo 11º: CÓMO HAN DE CELEBRARSE LAS VIGILIAS LOS DOMINGOS
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os
domingos levántense más temprano para las vigilias. 2En estas
vigilias se mantendrá íntegramente la misma medida; es decir, cantados seis
salmos y el verso, tal como quedó dispuesto, sentados todos convenientemente y
por orden en los escaños, se leen en el libro, como ya está dicho, cuatro
lecciones con sus responsorios. 3Pero solamente en el cuarto
responsorio dirá gloria el que lo cante; y cuando lo comience se levantarán
todos con reverencia.
4Después
de las lecturas seguirán por orden otros seis salmos con antífonas, como los
anteriores, y el verso. 5A continuación se leen de nuevo otras
cuatro lecciones con sus responsorios, de la manera como hemos dicho. 6Después
se dirán tres cánticos de los libros proféticos, los que el abad determine,
salmodiándose con aleluya. 7Dicho también el verso, y después de la
bendición del abad, léanse otras cuatro lecturas del Nuevo Testamento de la
manera ya establecida. 8Acabado el cuarto responsorio, el abad
entona el himno Te Deum laudamus. 9Y, al terminarse, lea el
mismo abad una lectura del libro de los evangelios, estando todos de pie con
respeto y reverencia. 10Cuando la concluye, respondan todos «Amén»,
e inmediatamente entonará el abad el himno Te decet laus. Y, una vez
dada la bendición, comienzan el oficio de laudes. 11Esta
distribución de las vigilias del domingo debe mantenerse en todo tiempo, sea de
invierno o de verano, 12a no ser que, ¡ojalá no ocurra!, se levanten
más tarde, y en ese caso se acortarán algo las lecturas o los responsorios. 13Pero
se pondrá sumo cuidado en que esto no suceda. Y, cuando así fuere, el causante
de esta negligencia dará digna satisfacción a Dios en el oratorio.
Declaración
art. 24
Art. 24 Dado que la orden crecía aceleradamente con la
fundación de centenares de abadías y con la incorporación de varias
Congregaciones (la congregación de Savigny, y la de Obazine, ya en tiempos de
san Bernardo), la "semejanza en las costumbres" que existía al
principio, lenta y gradualmente perdió su uniformidad.
La transformación de la vida
social, intelectual, y política ejerció su influjo incluso en el desarrollo de
la Orden; por esta razón, el Capítulo General procuraba adaptar la legislación
de la Orden a las exigencias siempre nuevas, e incluso en el mismo siglo XII no
dudó en retocar en diversas ocasiones y no ligeramente la "Carta de
Caridad".
Capítulo 12º: CÓMO SE HA DE CELEBRAR EL OFICIO DE LAUDES
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|
n los
laudes del domingo se ha de decir, en primer lugar, el salmo 66, sin antífona y
todo seguido. 2Después, el salmo 50 con aleluya. 3A
continuación, el 117 y el 62; 4luego, el Benedicite y los Laudate,
una lectura del Apocalipsis, de memoria, y el responsorio, el himno ambrosiano,
el verso, el cántico evangélico, las preces litánicas, y de esta manera se
concluye.
Art. 25. Más adelante, el gran número de abades que
tenían el derecho de participar en el
Capítulo General, condujo a la creación del Definitorio, que recibió su forma
constitucional en 1265 y la conservó hasta la Revolución Francesa. Por este
motivo, pero también a causa de las guerras y de otras dificultades, los abades
comenzaron a participar en el Capítulo General con menos frecuencia. Contemporáneamente
en diversas regiones, en particular en la Europa central y en la Europa
oriental así como en Portugal, la vida cisterciense adoptó nuevas formas.
En los siglos sucesivos, a estas razones
se añadieron otras, políticas y eclesiásticas, como es la institución de la
encomienda, que en cada región exigía nuevas soluciones. Así en la Orden
aparecieron las Congregaciones (por disposición de los Romanos Pontífices en el
1425 tuvo origen la Congregación de Castilla, en 1497 la Congregación de San
Bernardo de Italia, en 1507 la Congregación Portuguesa, y en el siglo XVII, con
el consentimiento del Capítulo General, se formaron las Congregaciones de
Calabria y Lucania, la Romana, la Aragonesa y la de Alemania Superior).
Capítulo
13ro: CÓMO HAN DE CELEBRARSE LAS LAUDES EN LOS DÍAS FERIALES
|
|
os
días de entre semana, en cambio, el oficio de laudes se celebra de la siguiente
manera: 2 se dice sin antífona, como los domingos, el salmo 66, a
ritmo un poco lento con el fin de que lleguen todos para el salmo 50, que se
dirá con antífona. 3 Y después otros dos salmos, según costumbre;
esto es, 4 el lunes, el 5 y el 35; 5 el martes, el 42 y
el 56; 6 el miércoles, el 63 y el 64; 7 el jueves, el 87
y el 89; 8 el viernes, el 75 y el 91; 9 el sábado, el 142
y el cántico del Deuteronomio, que se partirá con dos glorias. 10 Y
los demás días de la semana debe decirse un cántico de los profetas, en cada
día el suyo, como salmodia la Iglesia romana. 11 A continuación se
dicen los Laudate; luego, de memoria, una lectura del Apóstol, el
responsorio, el himno ambrosiano, el verso, el cántico evangélico, la letanía,
y así termina el oficio. 12 Nunca deben terminarse las celebraciones
de laudes y vísperas sin que al final recite el superior íntegramente la
oración que nos enseñó el Señor, en voz alta, para que todos la puedan oír, a
causa de las espinas de las discordias que suelen surgir, 13 con el
fin de que, amonestados por el compromiso a que obliga esta oración cuando
decimos: «Perdónanos así como nosotros perdonamos», se purifiquen de ese vicio.
14 Pero en las demás celebraciones solamente se dirá en alta voz la
última parte de la oración, para que todos respondan: «Mas líbranos del mal».
Art. 26. Durante estos siglos aumentaba cada vez más la
tendencia hacia el sacerdocio en la Orden, y muchos monasterios aceptaron
diversas responsabilidades de ministerio pastoral; después del Concilio de
Trento en muchas partes de la Orden la cura pastoral en las parroquias vino a
ser la forma principal de trabajo y la actividad preferida de muchos monjes
sacerdotes.
Art. 27. La instrucción de la juventud en las
escuelas tiene profundas y sólidas raíces en la tradición monástica antigua, y,
si bien los cistercienses de los comienzos de acuerdo con las circunstancias de
aquellos momentos, habían renunciado a dedicarse a esta actividad, más adelante
la aceptaron bajo formas diversas. La enseñanza en las escuelas de derecho
público fue aceptada en muchos monasterios especialmente a partir del siglo
XVIII, cuando tuvo lugar la aparición del sistema moderno de educación.
Art. 28. La Orden sufrió graves daños en el siglo
XVI a causa de la Reforma Protestante y de sus consecuencias, pero en el siglo
XVII en muchas regiones comenzó un nuevo florecimiento. La mayor parte de las
abadías que en este período, participaban en los deberes y solicitud de las
iglesias locales mediante la aceptación de la cura pastoral y la actividad de
enseñar, procuraron adaptar su vida a estas nuevas obligaciones. La Revolución
Francesa, el josefinismo y las secularizaciones y, en otros países no sólo
destruyeron gran parte de los monasterios sino también radicalmente la
organización de la Orden.
Al suprimirse Cister, como que no había unas Constituciones de la Orden
aptas para superar las dificultades, y sin posibilidad de convocar el Capitulo
General, el antiguo derecho constitucional de la Orden se cambió. Al morir el
Abad de Cister, la misma Santa Sede se hallaba en grandes dificultades y sólo
de manera provisoria pudo proveer para la Orden. Pero al regresar Pío VII de la
cautividad de Napoleón a Roma, enseguida instituto cabeza de la orden que fue,
desde entonces hasta 1880, el Abad Presidente de la Congregación de San
Bernardo en Italia. Sin embargo la jurisdicción de este Abad Presidente General
casi únicamente se limitaba a la confirmación de los neolectos abades de la
Estrecha Observancia, pero se hizo de este modo para que, se conservara la
unidad de la Orden.
Cuando en el año 1834 fue erigida la primera
Congregación de la B.M.V. de la Trapa, se decía claramente que aquella
Congregación estaba bajo la jurisdicción del Abad General.
Los esfuerzos para convocar un Capítulo General de
todos los abades no tuvieron feliz éxito y así el primer Capítulo General,
después, de la Revolución Francesa, solamente se celebró en el año 1880 y sus
miembros fueron determinados por la Santa Sede.
En el año 1892
en el capítulo de la unión de tres Congregaciones de la Estrecha observancia,
los Padres capitulares libremente constituyeron una orden autónoma: la orden de
los Cistercienses Reformados de la B.M.V de la Trappa. León XIII, vista la
imposibilidad de reunir las dos Órdenes, en el año 1892 habló de "Familia
Cisterciense", concediendo a la Orden de los Cistercienses reformados todos
los privilegios de la Orden Cisterciense.
Capítulo 14º: CÓMO HAN DE CELEBRARSE LAS
VIGILIAS EN LAS FIESTAS DE LOS SANTOS

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E |
n las fiestas de los santos y en
todas las solemnidades, el oficio debe celebrarse tal como hemos dicho que se
haga en el oficio dominical, 2sólo que los salmos, antífonas y
lecturas serán los correspondientes al propio del día. Pero se mantendrá la
cantidad de salmos indicada anteriormente.
Art. 29. Ya en el siglo pasado muchas
veces los abades de los restantes monasterios se reunieron en Capítulo General,
y ya dentro de nuestro siglo por tres veces se redactaron las Constituciones
del Régimen Supremo de la Orden. Contemporáneamente, muchos monasterios que no
pertenecían a la Orden (Phuoc-Son, Boquen) y la Congregación de Casamari, se
unieron a ella, a la vez que tenían lugar nuevas fundaciones en tierras de
misión.
Después de la
segunda guerra mundial los monasterios de monjas de España e Italia formaron
Federaciones de derecho pontificio que tienen grandes méritos tanto en el
aspecto espiritual como en el material y conviene que su trabajo, para el bien
de los monasterios y de la Orden, continúe.
Así
se ha ido formando nuestra Orden tal como existe hoy día, que abraza una realidad
bastante compleja. Por esta razón es sumamente necesario que en el trabajo de
renovación las diversas comunidades conozcan ante todo sus obligaciones y sus
fines, y que los determinen con claridad y sinceridad. Una tal clarificación
ayudará a infundir vitalidad y comprensión recíproca en el seno de la Orden.
|
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esde la santa Pascua hasta Pentecostés se dirá el
aleluya sin interrupción tanto en los salmos como en los responsorios. 2Pero
desde Pentecostés hasta el principio de la cuaresma solamente se dirá todas las
noches con los seis últimos salmos del oficio nocturno. 3Mas los
domingos, menos en cuaresma, han de decirse con aleluya los cánticos, laudes,
prima, tercia, sexta y nona; las vísperas, en cambio, con antífona. 4Los
responsorios nunca se dirán con aleluya, a no ser desde Pascua hasta
Pentecostés.
Art. 59. El monje que busca a
Dios imitando a Cristo y desea servirle, se da a la oración muy a menudo. El
espíritu y el corazón se elevan a la consideración de las cosas divinas ya sea
con la meditación de la Palabra de Dios que se nos revela, ya sea con la
oración común o privada, que es como la respuesta a la Palabra de Dios. De esta
manera podemos hallar la fuente de inspiración de todos nuestros actos, y al
mismo tiempo, podemos conocer mejor y rectificar con más frecuencia la dirección
de nuestra vida.
Capítulo 16º: CÓMO SE CELEBRARAN LOS
OFICIOS DIVINOS DURANTE EL DÍA
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omo dice el profeta: «Siete veces al día te alabo». 2Cumpliremos este sagrado número de siete si realizamos las obligaciones de nuestro servicio a las horas de laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas, "porque de estas horas diurnas dijo el salmista: «Siete veces al día te alabo». 3Y, refiriéndose a las vigilias nocturnas, dijo el mismo profeta: «A media noche me levanto para darte gracias». 5Por tanto, tributemos las alabanzas a nuestro Creador en estas horas «por sus juicios llenos de justicia», o sea, a laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas, y levantémonos a la noche para alabarle.
Declaración, art. 60
Art. 60. Del mismo modo que la vocación es una
gracia de Dios, así nuestra posibilidad de orar no nos viene de nosotros
mismos, sino del Espíritu Santo, por el cual clamamos: "Abba, Padre".
Con la frecuencia de los sacramentos, y de modo especial, en la celebración
cotidiana de la Eucaristía, va aumentando asiduamente en nosotros la vida de la
gracia, y nuestra oración se une sacramentalmente a los actos salvíficos de
Cristo.
Tal como demuestran toda la tradición monástica y las disposiciones de la
Iglesia, los monjes están llamados de modo especial a continuar en la Iglesia
la oración de Cristo, ya sea en la celebración de la misa y del oficio divino
-que, necesariamente, han de ocupar el primer lugar en su vida-, ya sea en las
demás formas de oración, la cual debe empapar toda su vida.
Capítulo 17º: CUÁNTOS SALMOS SE HAN DE
CANTAR A DICHAS HORAS
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|
a hemos
determinado cómo se ha de ordenar la salmodia para los nocturnos y laudes.
Vamos a ocuparnos ahora de las otras horas. 2A la hora de prima se
dirán tres salmos separadamente, esto es, no con un solo gloria, 3y
el himno de la misma hora después del verso «Dios mío, ven en mi auxilio». 4Acabados
los tres salmos, se recita una lectura, el verso, Kyrie eleison y las
fórmulas conclusivas.
5A tercia, sexta y nona se celebrará el
oficio de la misma manera; es decir, el verso, los himnos propios de cada tres
salmos, la lectura y el verso, Kyrie eleison y las fórmulas finales. 6Si
la comunidad es numerosa, los salmos se cantarán con antífonas; pero, si es
reducida, seguidos.
7Mas la synaxis vespertina
constará de cuatro salmos con antífona. 8 Después se recita una lectura; luego,
el responsorio, el himno ambrosiano, el verso, el cántico evangélico, las
preces litánicas y se concluye con la oración dominical.
9Las completas comprenderán la
recitación de tres salmos. Estos salmos directáneos han de decirse seguidos,
sin antífona. 10Después del himno correspondiente a esta hora, una
lectura, el verso, Kyrie eleison y se acaba con la bendición.
Declaración
art. 61
Art. 61. En la celebración eucarística se
hace presente el sacrificio de Cristo ofrecido una vez para siempre en la cruz
diariamente ofrecido por nosotros y las acciones humanas que son un culto a
Dios se convierten en signo eficaz de las acciones de Cristo, y así el don y la
Palabra de Dios, y la respuesta de los hombres, mediante las alabanzas y las
acciones de gracias, contribuyen en el más alto grado a la gloria de Dios y a
la santificación del hombre. Todos los ministerios eclesiásticos están
ordenados a la celebración de la Eucaristía, que es el verdadero centro de toda
la liturgia, así como de la entera vida cristiana. Por esta razón es necesario
que ocupe el primer lugar en importancia en nuestra vida monástica el
sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad, convite pascual, en
el cual se recibe Cristo, la mente se llena de gracia y se nos da la prenda de
la gloria futura. La adoración de Cristo presente en la Eucaristía es una ayuda
para que la activa participación en el sacrificio de Cristo se continúe
eficazmente todo el día.
Capítulo 18º: ORDENACIÓN DE LA SALMODIA
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n primer
lugar se ha de comenzar con el verso «Dios mío, ven en mi auxilio; Señor, date
prisa en socorrerme», gloria y el himno de cada hora.
2 El domingo a prima se recitarán
cuatro secciones del salmo 118. 3 En las restantes horas, es decir,
en tercia, sexta y nona, otras tres secciones del mismo salmo 118. 4
En prima del lunes se dirán otros tres salmos: el primero, el segundo y el
sexto. 5 Y así, cada día, hasta el domingo, se dicen en prima tres
salmos, por su orden, hasta el 19; de suerte que el 9 y el 17 se dividan en dos
glorias. 6 De este modo coincidirá que el domingo en las vigilias se
comienza siempre por el salmo 20.
7 En tercia, sexta y nona del lunes se
dirán las nueve secciones restantes del salmo 118; tres en cada hora. 8
Terminado así el salmo 118 en dos días, o sea, entre el domingo y el lunes, 9
a partir del martes, a tercia, sexta y nona se dicen tres salmos en cada hora,
desde el 119 hasta el 127, que son nueve salmos; 10 los cuales se
repiten siempre a las mismas horas hasta el domingo, manteniendo todos los días
una disposición uniforme de himnos, lecturas y versos. 11 De esta
manera, el domingo se comenzará siempre con el salmo 118.
12Las vísperas se celebrarán cada día
cantando cuatro salmos. 13Los cuales han de comenzar por el 109
hasta el 147, 14a excepción de los que han de tomarse para otras
horas, que son desde el 117 hasta el 127 y desde el 133 hasta el 142. 15Los
restantes se dirán en vísperas. 16Y como así faltan tres salmos, se
dividirán los más largos, o sea, el 138, el 143 y el 144. 17En
cambio, el 116, por ser muy corto, se unirá al 115. 18Distribuido
así el orden de la salmodia vespertina, todo lo demás, esto es, la lectura, el
responsorio, el himno, el verso y el cántico evangélico, se hará tal como antes
ha quedado dispuesto.
19En completas se repetirán todos los
días los mismos salmos: el 4, el 90 y el 133.
20Dispuesto el orden de la salmodia para
los oficios diurnos, todos los salmos restantes se distribuirán
proporcionalmente a lo largo de las siete vigilias nocturnas, 21
dividiéndose los más largos de tal forma, que para cada noche se reserven doce
salmos.
22Pero especialmente queremos dejar
claro que, si a alguien no le agradare quizá esta distribución del salterio,
puede distribuirlo de otra manera, si así le pareciere mejor, 23 con
tal de que en cualquier caso observe la norma de recitar íntegro el salterio de
150 salmos durante cada una de las semanas, de modo que se empiece siempre en
las vigilias del domingo por el mismo salmo. 24Porque los monjes que
en el curso de una semana reciten menos de un salterio con los cánticos
acostumbrados, mostrarán muy poco fervor en el servicio a que están dedicados 25cuando
podemos leer que nuestros Padres tenían el coraje de hacer en un solo día lo
que ojalá nosotros, por nuestra tibieza, realicemos en toda una semana.
Declaración
art. 62
Art. 62. En la reforma del oficio divino, que ha de continuar
hasta completarse, es necesario tener presente en primer lugar la unidad y la
armonía que han de existir entre liturgia y las demás actividades de la vida
religiosa. De hecho, si bien la liturgia es "la cima hacia la cual tiende
la acción da la Iglesia, y a la vez, la fuente de donde dimana toda su
fuerza", sin embargo no agota toda la acción de la Iglesia y del programa
monástico. Por esta razón la vida de la comunidad está ordenada de tal modo que
permita una celebración provechosa de la liturgia, y a la vez, la estructura y
las formas litúrgicas sean tales que puedan alimentar y animar la vida
cotidiana. Que el peso de la jornada no ahogue la liturgia, ni las formas
litúrgicas sean tales que, al margen de la mentalidad moderna, hagan estéril su
celebración.
Capítulo 19º: NUESTRA ACTITUD DURANTE LA SALMODIA
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reemos que Dios está presente en todo lugar y que «los ojos del Señor están vigilando en todas partes a buenos y malos»; 2pero esto debemos creerlo especialmente sin la menor vacilación cuando estamos en el oficio divino. 3Por tanto, tengamos siempre presente lo que dice el profeta: «Servid al Señor con temor»; 4y también: «Cantadle salmos sabiamente», 5y: «En presencia de los ángeles te alabaré». 6Meditemos, pues, con qué actitud debemos estar en la presencia de la divinidad y de sus ángeles, 7y salmodiemos de tal manera, que nuestro pensamiento concuerde con lo que dice nuestra boca.
Art. 63.A la vida de oración pertenece también la
“lectura divina” la cual requiere una educación idónea y unas ciertas
condiciones para que pueda ser de verdad una lectura que lleve a la oración,
reposada y asidua. Adornada con estas cualidades, la lectura divina ayuda
eficazmente al monje a ser más y más el hombre de Dios, y le
hace sentir claramente la presencia de Dios y le hace comprender mejor su
voluntad.
Para favorecer este espíritu de oración tiene una gran importancia la observancia del silencio. Respetando con fidelidad el tiempo de silencio, nuestros corazones se disponen para oír mejor la Palabra de Dios y para cumplirla con más generosidad.
Capítulo 20º: LA REVERENCIA EN LA ORACIÓN
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i cuando queremos pedir algo a los hombres
poderosos no nos atrevemos a hacerlo sino con humildad y respeto, 2con
cuánta mayor razón deberemos presentar nuestra súplica al Señor, Dios de todos
los seres, con verdadera humildad y con el más puro abandono. 3Y
pensemos que seremos escuchados no porque hablemos mucho, sino por nuestra
pureza de corazón y por las lágrimas de nuestra compunción. 4Por
eso, la oración ha de ser breve y pura, a no ser que se alargue por una
especial efusión que nos inspire la gracia divina. 5Mas la oración
en común abréviese en todo caso, y, cuando el superior haga la señal para
terminarla, levántense todos a un tiempo.
Declaración art. 64
Art. 64. La unidad de vida se manifiesta en la
armónica fusión de las diversas partes. En primer lugar, hemos de procurar que
la actividad litúrgica de nuestros monasterios sea como una luz ardiente y
brillante que se difunda por toda la iglesia local; que nuestras celebraciones
atraigan a los cristianos de los alrededores a una participación activa y
ofrezcan al pueblo cristiano una fuente abundante para su vida espiritual.
Capítulo 21º: LOS DECANOS DEL MONASTERIO

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S |
i la comunidad es numerosa, se elegirán de entre sus
miembros hermanos de buena reputación y vida santa, y sean constituidos como
decanos, 2para que con su solicitud velen sobre sus decanías en
todo, de acuerdo con los preceptos de Dios y las disposiciones del abad. 3Sean
elegidos decanos aquellos con quienes el abad pueda compartir con toda garantía
el peso de su responsabilidad. 4Y no se les elegirá por orden de
antigüedad, sino según el mérito de su vida y la discreción de su doctrina.
5Si alguno de estos decanos, hinchado quizá por su soberbia,
tuviera que ser reprendido y después de la primera, segunda y tercera
corrección no quiere enmendarse, será destituido, 6y ocupará su
lugar otro que sea digno. 7Lo mismo establecemos con relación al
prepósito.
Art. 77. Habiendo descrito los rasgos principales de
nuestra Orden en su existencia concreta y explanados brevemente los valores
fundamentales de la vida cisterciense, resta ahora considerar la organización
de la vida práctica y las convenientes estructuras jurídicas tanto de las
diversas comunidades y congregaciones como de toda la Orden. Ciertamente, no
basta exponer la doctrina acerca de los fines y valores de nuestra vida, sino
que también han de buscarse las razones prácticas y jurídicas mediante las
cuales viene ordenada la vida de nuestras comunidades de modo que se alcancen
los fines propuestos.
A continuación vamos a exponer únicamente
aquellos elementos o principios que, a nuestro juicio, son necesarios para
resolver los problemas de hoy día, dejando la concreta organización de la vida
de las comunidades a las Constituciones de la Orden, y de las Congregaciones
así como a los Estatutos de carácter local. En primer lugar, expondremos los
aspectos fundamentales de cualquier organización jurídica, y de todo ejercicio
de la autoridad; después trataremos de modo más concreto del régimen y
organización de los monasterios, de las Congregaciones y de la Oren; y,
finalmente, diremos algo de las relaciones de nuestra Orden con las demás
ordenes monásticas y con los distintos organismos de la Iglesia.
Capítulo 22: CÓMO HAN DE DORMIR LOS MONJES
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ada monje tendrá su propio lecho para
dormir. 2Según el criterio de su abad, recibirán todo lo necesario
para la cama en consonancia con su género de vida.
3En la medida de lo posible, dormirán
todos juntos en un mismo lugar; pero si por ser muchos resulta imposible,
dormirán en grupos de diez o de veinte, con ancianos que velen solícitos sobre
ellos. 4Hasta el amanecer deberá arder continuamente una lámpara en la
estancia.
5Duerman vestidos y ceñidos con cintos
o cuerdas, de manera que mientras descansan no tengan consigo los cuchillos,
para que no se hieran entre sueños. 6Y también con el fin de que los
monjes estén siempre listos para levantarse; así, cuando se dé la señal, se
pondrán en pie sin tardanza y de prisa para acudir a la obra de Dios,
adelantándose unos a otros, pero con mucha gravedad y modestia. 7Los
hermanos más jóvenes no tengan contiguas sus camas, sino entreveradas con las
de los mayores. 8Al levantarse para la obra de Dios, se avisarán
discretamente unos a otros, para que los somnolientos no puedan excusarse.
Capítulo 23: LA EXCOMUNIÓN POR LAS FALTAS
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i algún hermano
recalcitrante, o desobediente, o soberbio, o murmurador, o infractor en algo de
la santa regla y de los preceptos de los ancianos demostrara con ello una
actitud despectiva, 2siguiendo el mandato del Señor, sea amonestado
por sus ancianos por primera y segunda vez. 3Y, si no se corrigiere,
se le reprenderá públicamente. 4Pero, si ni aún así se enmendare,
incurrirá en excomunión, en el caso de que sea capaz de comprender el alcance
de esta pena. 5Pero, si es un obstinado, se le aplicarán castigos
corporales.
Declaración
art. 78
Art. 78. Todo lo que se dirá a continuación vale
también para los monasterios de nuestras monjas, a no ser que por su misma
naturaleza aparezca lo contrario. Las monjas de nuestra Orden no constituyen
una "segunda Orden" junto a una "primera Orden" formada por
los monjes, sino que todos forman parte de la misma Orden Cisterciense. Los
monasterios de monjas son, en realidad, monasterios "sui juris", aun
cuando en el foro jurisdiccional, dependan del Padre Inmediato o del Obispo.
Además, muchos de ellos son miembros de nuestras Congregaciones, gozando de leyes
semejantes a las de los monjes. Por lo tanto, es indudable que ha de promoverse
de modo eficaz y constante, si bien poco a poco, la participación de las mismas
monjas en todas las decisiones que atañen a su propia vida, e incluso en los
asuntos relativos a la propia Congregación y al conjunto de la Orden.
Capítulo 24º: CUÁL DEBE SER LA NORMA DE
LA EXCOMUNIÓN

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S |
egún sea la gravedad de la falta, se ha de
medir en proporción hasta dónde debe extenderse la excomunión o el castigo. 2Pero
quien tiene que apreciar la gravedad de las culpas será el abad, conforme a su
criterio.
3Cuando un hermano es culpable de faltas leves, se le
excluirá de su participación en la mesa común. 4Y el que así se vea
privado de la comunidad durante la comida, seguirá las siguientes normas: en el
oratorio no cantará ningún salmo ni antífona, ni recitará lectura alguna hasta
que haya cumplido la penitencia. 5Comerá totalmente solo, después de
que hayan comido los hermanos. 6De manera que, si, por ejemplo, los
hermanos comen a la hora sexta, él comerá a la hora nona, y si los hermanos
comen a la hora nona, él lo hará después de vísperas 7hasta que
consiga el perdón mediante una satisfacción adecuada.
Declaración
art. 81
Art. 81. Si bien la comunidad monástica ha de estar fundamentada en
la caridad a Cristo y a los hermanos, así como en la voluntaria aceptación de
los fines y de los objetivos del propio monasterio, sin embargo, en cuanto es
una unión estable de hombres constituida para obtener un fin determinado, tiene
necesidad también de una estructura sólida, es decir, de una ordenación
conveniente por medio de leyes y preceptos de los superiores. De este modo, la
estabilidad y la continuidad de la vida se fortalecen, los esfuerzos de todos
los miembros se aplican más eficazmente al fin común, la vida y la actividad de
todos pueden coordinarse en la paz. Además de las leyes y demás estatutos
escritos, mediante los cuales vienen establecidos los aspectos más permanentes
de la vida, es necesario también que exista la autoridad personal del abad y de
los oficiales del monasterio con el fin de que puedan disponer con
responsabilidad y presteza los modos concretos de actuación que no pueden ser
determinados con minuciosas leyes en las presentes condiciones tan variadas y
mutables de la vida moderna. Para establecer las leyes y las normas
convenientes, tienen un papel importante los capítulos, consejos y demás
órganos representativos de la comunidad, y en ciertos casos, determinados por
el derecho, incluso con voto deliberativo. Estos mismos órganos deben ayudar a
los superiores y a los oficiales a tomar decisiones concretas, en aquellos
casos en que, según el derecho, es competencia del abad o de un oficial
determinado del monasterio determinar. Con todo hay que procurar que esta
intervención no venga a suprimir o debilitar los derechos y responsabilidades
de los interesados.
Capítulo 25º: LAS CULPAS GRAVES
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l hermano que haya cometido una falta
grave será excluido de la mesa común y también del oratorio. 2Y
ningún hermano se acercará a él para hacerle compañía o entablar conversación. 3Que
esté completamente solo mientras realiza los trabajos que se le hayan asignado,
perseverando en su llanto penitencial y meditando en aquella terrible sentencia
del Apóstol que dice: 4«Este hombre ha sido entregado a la perdición
de su cuerpo para que su espíritu se salve el día del Señor». 5Comerá
a solas su comida, según la cantidad y a la hora que el abad juzgue
convenientes. 6Nadie que se encuentre con él debe bendecirle, ni se
bendecirá tampoco la comida que se le da.
Declaración
art. 82
Art. 82. La autoridad de las leyes y de los superiores el
monasterio, si bien tiene mucho de común con la legítima autoridad civil de la
sociedad, sin embargo no pueden sin más equipararse. En primer lugar, la autoridad
en el monasterio viene ejercida de tal manera que presenta un carácter
eclesial, el cual proviene de una parte de la aprobación de la Regla y de las
Constituciones por la Santa Sede, y de otra, de la aceptación de nuestra
profesión por la Iglesia. De donde se sigue que el amor al monasterio procede
del amor a la Iglesia, a la cual nos unimos íntimamente por razón de nuestra
profesión, y aquel amor aumentará en la medida en que crezcamos en el amor a la
Iglesia. Además presenta también un carácter íntimamente religioso, por cuanto
la raíz de la obediencia monástica no es la necesidad o la oportunidad humana,
sino nuestra misma vocación y nuestra dedicación voluntaria al servicio de la
Voluntad de Dios. Aquellos que, en el seno de la comunidad, detenían la
facultad de legislar o de mandar, vienen a ser como instrumentos para llegar a
conocer cual es la voluntad concreta de Dios sobre una determinada comunidad.
Así pues, si bien no es lícito identificar simplemente la obediencia a Dios con
la obediencia prestada a un hombre, sin embargo en la vida monástica en un
sentido real obedecemos a los que ocupan las veces de Cristo, y la obediencia
prestada a los mayores entra a formar parte del servicio de Dios.
La autoridad en las comunidades monásticas
posee unas raíces mucho más profundas que la autoridad en las sociedades
meramente civiles; sin embargo las experiencias y los nuevos métodos de ésta
última no pueden despreciarse ni desatenderse, sino más bien examinarlos con
espíritu abierto. Con mucha frecuencia, puede hallarse algo útil en las
diversas mutaciones sociales o en las nuevas formas de gobierno que, incluso
para nosotros, presente valores a aprovechar para una mejor organización de la
vida monástica actual.
Capítulo 26º: LOS QUE SE RELACIONAN CON LOS EXCOMULGADOS SIN AUTORIZACIÓN
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i algún hermano, sin orden del abad,
se permite relacionarse de cualquier manera con otro hermano excomulgado,
hablando con él o enviándole algún recado, 2incurrirá en la misma
pena de excomunión.
Declaración
art. 83
Art. 83. En la organización y legislación de la vida monástica, así
como en el ejercicio de la-autoridad personal han de tenerse muy en cuenta los
principios sociológicos, fundados en el derecho natural, que en estos últimos
tiempos han sido mejor conocidos y proclamados con gran insistencia por el
Magisterio de la Iglesia. Entre estos principios son de gran importancia para
nosotros los principios correlativos de personalismo y solidariedad, y de
subsidiariedad y pluralismo legítimo dentro de una unidad necesaria.
CAPÍTULO
27º: LA SOLICITUD QUE EL ABAD DEBE
TENER CON LOS EXCOMULGADOS
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l abad se preocupará con toda solicitud de
los hermanos culpables, porque «no necesitan médico los sanos, sino los
enfermos». 2Por tanto, como un médico perspicaz, recurrirá a todos
los medios; como quien aplica cataplasmas, esto es, enviándole monjes ancianos
y prudentes, 3quienes como a escondidas consuelen al hermano
vacilante y le muevan a una humilde satisfacción, animándole «para que la
excesiva tristeza no le haga naufragar», 4sino que, como dice
también el Apóstol, «la caridad se intensifique» y oren todos por él.
5Efectivamente, el abad debe desplegar
una solicitud extrema y afanarse con toda sagacidad y destreza por no perder
ninguna de las ovejas a él confiadas. 6No se olvide de que aceptó la
misión de cuidar espíritus enfermizos, no la de dominar tiránicamente a las
almas sanas. 7Y tema aquella amenaza del profeta en la que dice
Dios: «Tomabais para vosotros lo que os parecía pingüe y lo flaco lo
desechabais». 8Imite también el ejemplo de ternura que da el buen
pastor, quien, dejando en los montes las noventa y nueve ovejas, se va en busca
de una sola que se había extraviado; 9cuyo abatimiento le dio tanta
lástima, que llegó a colocarla sobre sus sagrados hombros y llevarla así
consigo otra vez al rebaño.
Declaración
art. 84
Art 84. El principio del personalismo,
precepto fundamental de la doctrina social católica, enseña que el sujeto y el
fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana. Así
pues, todas las estructuras jurídicas nuestras han de estar ordenadas ante todo
a este fin, de modo que nuestros hermanos puedan conseguir de modo más perfecto
y fácil su propia perfección, y realizar las exigencias de su vocación de un
modo más conveniente. La dignidad sagrada de la persona humana, fundada en la
naturaleza del hombre y aun más en su vocación sobrenatural, así como los
derechos inalienables que de ella proceden, han de ser tenidas en cuenta y respetadas
también en la legislación y gobierno del monasterio y de la Orden.
De donde se sigue que las prescripciones de
las leyes o los mandatos de los superiores no han de mantener a los monjes en
una dependencia pueril, sino más bien han de conducirlos hacia una madura
libertad cristiana y a una responsable participación en el gobierno para bien
de toda la comunidad, valorando en lo justo su personal competencia y dejando
un margen amplio a sus prudentes iniciativas.
CAPÍTULO 28º: DE LOS QUE CORREGIDOS MUCHAS VECES NO QUIEREN ENMENDARSE
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i un hermano ha sido
corregido frecuentemente por cualquier culpa, e incluso excomulgado, y no se
enmienda, se le aplicará un castigo más duro, es decir, se le someterá al
castigo de los azotes. 2Y si ni aún así se corrigiere, o si quizá,
lo que Dios no permita, hinchado de soberbia, pretendiere llegar a justificar
su conducta, en ese caso el abad tendrá que obrar como todo médico sabio. 3Si
después de haber recurrido a las cataplasmas y ungüentos de las exhortaciones,
a los medicamentos de las Escrituras divinas y, por último, al cauterio de la
excomunión y a los golpes de los azotes, 4aun así ve que no consigue
nada con sus desvelos, recurra también a lo que es más eficaz: su oración
personal por él junto con la de todos los hermanos, 5 para que el
Señor, que todo lo puede, le dé la salud al hermano enfermo. 6Pero,
si ni entonces sanase, tome ya el abad el cuchillo de la amputación, como dice
el Apóstol: «Echad de vuestro grupo al malvado». 7Y en otro lugar:
«Si el infiel quiere separarse, que se separe», 8no sea que una
oveja enferma contamine a todo el rebaño.
Declaración
art. 85
Art. 85. De este principio del
personalismo en modo alguno se sigue que debamos caer en el defecto del
individualismo. A este principio le corresponde el principio de la solidariedad.
La persona humana, por razón de su naturaleza necesita de la vida social, y,
además, ha recibido una vocación sobrenatural esencialmente sobrenatural. En
efecto, el beneplácito de Dios ha sido salvar a los hombres no individualmente,
es decir sin ninguna conexión mutua, sino que ha querido reunirlos para formar
un pueblo, y, mediante el vínculo del Espíritu Santo, congregarlos en el Cuerpo
de Cristo. Nuestra vida cenobítica ha de expresar de un modo especial y
manifestar ante el mundo esta naturaleza comunitaria de la salvación y de la
vida cristiana.
Una apta legislación y un régimen monástico
jugaran un papel muy importante en el establecimiento y conservación de esta
unión solidaria de la vida, si promueven en lo posible el acuerdo de todos en
lo que atañe a los fines y valores propios, si coordinan eficazmente los
esfuerzos en orden al fin común, y se proponen establecer unas formas de vida
familiar aptas y adecuadas. Llevados por este espíritu de solidariedad,
cada uno de los miembros de la comunidad ha de aceptar con agrado y prontitud
los oficios que se le señalen en el. servicio de los hermanos y del bien común,
aun cuando a veces puedan ser ingratos.
Capítulo 29º: SI DEBEN SER READMITIDOS LOS HERMANOS QUE SE VAN DEL
MONASTERIO SI DEBEN SER READMITIDOS LOS HERMANOS QUE SE VAN DEL MONASTERIO
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i un hermano que por su culpa ha salido del monasterio
quiere volver otra vez, antes debe prometer la total enmienda de aquello que
motivó su salida, 2y con esta condición será recibido en el último
lugar, para probar así su humildad. 3Y, si de nuevo volviere a
salir, se le recibirá hasta tres veces; pero sepa que en lo sucesivo se le
denegará toda posibilidad de retorno al monasterio.
Declaración
art. 86
Art. 86 El principio de la
subsidiariedad ordena las relaciones entre los individuos y la comunidad, y
entre las comunidades menores y las comunidades mayores. Establece que la
autoridad superior de una comunidad más amplia debe dejar a los inferiores
atender a aquellas cosas que por ellos mismos pueden hacer no solamente bien,
sino muy a menudo mejor que dicha autoridad superior. En el caso en que los
inferiores no puedan o demuestren una negligencia en cumplir su obligación, la
autoridad superior prestará auxilio y ayuda. De esta manera, la vitalidad y la
responsabilidad de los inferiores permanece y la autoridad superior puede
cumplir más fácilmente su misión propia, es decir, la misión de coordinación,
y, cuando es necesario, de tomar una decisión superior.
En nuestro caso esto vale tanto para las diversas
comunidades locales, como para las congregaciones y la Orden entera. En el
monasterio es propio del superior promover y dirigir para el bien común las
prudentes iniciativas y responsabilidades personales de los hermanos y de los
oficiales del mismo. Las autoridades de las congregaciones y de la Orden
cumplen de modo óptimo su función, si, respetando la legítima libertad y las
características propias de los diversos monasterios y congregaciones, les
aseguran una ayuda práctica que les permita alcanzar sus propios fines con
mayor facilidad y seguridad, mientras se preocupan también de elaborar y
promover proyectos y planes mucho más vastos, de utilidad para todos los demás,
pero que sobrepasan las posibilidades de los mismos
Capítulo 30º: CORRECCIÓN DE LOS NIÑOS PEQUEÑOS
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ada edad y cada
inteligencia debe ser tratada de una manera apropiada. 2Por tanto,
siempre que los niños y adolescentes, o aquellos que no llegan a comprender lo
que es la excomunión, cometieren una falta, 3serán escarmentados con
rigurosos ayunos o castigados con ásperos azotes para que se corrijan.
Declaración
art. 87
Art. 87. El Principio del pluralismo
legítimo dentro de una unidad necesaria es una consecuencia de lo que se ha
dicho hasta aquí. Es necesario reconocer la necesidad de un pluralismo
legitimo, es decir, la diversidad de los miembros que se unen para formar una
sola realidad, así como no es lícito suprimir la variedad de facultades y
cualidades de los individuos en nombre de la unidad. Incluso en el monasterio
existen carismas distintos, cada uno tiene su propio don, y a cada uno se le da
una manifestación del Espíritu con el fin de ser útil a la comunidad. La
diversidad de los miembros es de utilidad para todo el cuerpo, y cada
uno de los individuos solamente mediante una comunión de los diversos dones
puede llegar a ser partícipe de la plenitud del Espíritu.
Lo mismo hay que decir de los monasterios y
congregaciones de nuestra Orden, los cuales difieren en no pocas cosas en
lo que hace referencia a la evolución histórica, a la índole natural de los
hermanos, a las circunstancias sociales y culturales, y a las tareas y
obligaciones que han de atender según las necesidades de la Iglesia local. Las
diferencias, sin embargo, no impiden que los diversos miembros formen una
unidad vital; más aun, la variedad de dones puede proporcionar a la orden una
mayor fuerza y vitalidad, siempre y cuando se mantenga el sentido
de la comunión y la voluntad de cooperación.
El que pueda obtenerse el equilibrio entre el
pluralismo y la unidad, en gran parte depende de una legislación apta y
de un recto ejercicio de la autoridad. La seguridad. de poder tender a los
propios fines mediante leyes estables, una clara determinación de las diversas
competencias, una exposición clara de los fines y planes comunes, el
establecimiento de formas prácticas de mutua ayuda son medios, junto con otros
muchos, que han de incitar a todos a buscar y promover con tesón la unidad. Del
mismo modo, es sumamente provechoso que las autoridades de la orden o de las congregaciones
no vean con recelo y desconfianza las notas particulares o los fines propios de
las comunidades, sino más bien han de hacer que cuanto bueno y válido en ellas
aparezca, sea fomentado lo más posible y sea de utilidad para todos. Al
contrario, las diferentes comunidades deben esforzarse en conocer las exigencias
de unidad de la Orden, y siempre han de estar preparadas para promoverla
juntamente con las demás comunidades de la misma Orden y con los órganos de la
autoridad superior.
Capítulo
31º: CÓMO HA DE SER EL MAYORDOMO DEL
MONASTERIO
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ara
mayordomo del monasterio será designado de entre la comunidad uno que sea
sensato, maduro de costumbres, sobrio y no glotón, ni altivo, ni perturbador,
ni injurioso, ni torpe, ni derrochador, 2sino temeroso de Dios, que
sea como un padre para toda la comunidad. 3Estará al cuidado de
todo. 4No hará nada sin orden del abad. 5Cumpla lo que le
mandan. 6No contriste a los hermanos. 7Si algún hermano
le pide, quizá, algo poco razonable, no le aflija menospreciándole, sino que se
lo negará con humildad, dándole las razones de su denegación. 8Vigile
sobre su propia alma, recordando siempre estas palabras del Apóstol: «El que
presta bien sus servicios, se gana una posición distinguida». 9Cuide
con todo su desvelo de los enfermos y de los niños, de los huéspedes y de los
pobres, como quien sabe con toda certeza que en el día del juicio ha de dar
cuenta de todos ellos. 10Considere todos los objetos y bienes del
monasterio como si fueran los vasos sagrados del altar. 11Nada
estime en poco. 12No se dé a la avaricia ni sea pródigo o malgaste
el patrimonio del monasterio. Proceda en todo con discreción y conforme a las
disposiciones del abad.
13Sea, ante todo, humilde, y, cuando no
tenga lo que le piden, dé, al menos, una buena palabra por respuesta, 14porque
escrito está: «Una buena palabra vale más que el mejor regalo». 15Tomará
bajo su responsabilidad todo aquello que el abad le confíe, pero no se permita
entrometerse en lo que le haya prohibido. 16Puntualmente y sin altivez
ha de proporcionar a los hermanos la ración establecida, para que no se
escandalicen, acordándose de lo que dice la Palabra de Dios sobre el castigo de
«los que escandalicen a uno de esos pequeños».
17Si la comunidad es numerosa, se le
asignarán otros monjes para que le ayuden, y así pueda desempeñar su oficio sin
perder la paz del alma. 18Dése lo que se deba dar y pídase lo
necesario en las horas determinadas para ello, 19para que nadie se
perturbe ni disguste en la casa de Dios.
Declaración
art. 100
Art. 100. El abad, reservándose la suprema
dirección e inspección, en cuanto sea posible ha de encomendar a oficiales
expertos y a otros hermanos merecedores de confianza los asuntos
económicos y administrativos, la organización cotidiana de las actividades
y negocios (permisos concretos, ordenación de trabajo, la correspondencia, la
recepción de los huéspedes y las demás relaciones) con el fin de quedar
más libre en orden a desempeñar su propia función.
Capítulo 32º: LAS HERRAMIENTAS Y OBJETOS DEL MONASTERIO
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l abad
elegirá a hermanos de cuya vida y costumbres esté seguro para encargarles de
los bienes del monasterio en herramientas, vestidos y todos los demás enseres, 2y
se los asignará como él lo juzgue oportuno para guardarlos y recogerlos. 3Tenga
el abad un inventario de todos estos objetos. Porque así, cuando los hermanos
se sucedan unos a otros en sus cargos, sabrá qué es lo que entrega y lo que
recibe.
4Y, si alguien trata las cosas del
monasterio suciamente o con descuido, sea reprendido. 5Pero, si no
se corrige, se le someterá a sanción de regla.
Art. 38. Nuestra Orden, en su existencia
concreta, como hemos expuesto más arriba, presenta a la vez un pluralismo y una
diversidad bastante grandes, si bien se trata de una diversidad concorde y que
no carece de unidad.
Esta unidad viene dada no solo del fin común
de los miembros de la orden, sino también de la comunidad de medios que han de
utilizarse para obtener el fin propuesto, y los medios no han de ser
considerados como elementos separados sino en síntesis vital.
Que quede bien claro que con esta Declaración
nuestra no queremos elaborar una especie de tratado de la vida monástica que
hemos prometido vivir en la Orden Cisterciense; exponemos solamente algunos
puntos que hoy pueden y deben dar inspiración y directiva a nuestras acciones y
a nuestras instituciones.
Capítulo
33: SI LOS MONJES DEBEN TENER ALGO EN PROPIEDAD

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H |
ay un vicio
que por encima de todo se debe arrancar de raíz en el monasterio, 2a
fin de que nadie se atreva a dar o recibir cosa alguna sin autorización del
abad, 3ni a poseer nada en propiedad, absolutamente nada: ni un
libro, ni tablillas, ni estilete; nada absolutamente, 4puesto que ni
siquiera les está permitido disponer libremente ni de su propio cuerpo ni de su
propia voluntad. 5Porque todo cuanto necesiten deben esperarlo del
padre del monasterio, y no pueden lícitamente poseer cosa alguna que el abad no
les haya dado o permitido. 6Sean comunes todas las cosas para todos,
como está escrito, y nadie diga o considere que algo es suyo.
7Y, si se advierte que alguien se
complace en este vicio tan detestable, sea amonestado por primera y segunda
vez; 8pero, si no se enmienda, quedará sometido a corrección.
Declaración
art. 50
Art.50. No practicamos la pobreza como una simple privación o
como desprecio de los bienes materiales, sino más bien para conseguir la
libertad de los hijos de Díos, que se sirven de este mundo como si no se
sirviesen de él, conscientes de que pasará la apariencia de este mundo. Por
esta razón deseamos ser pobres con Cristo pobre, renunciando a la posesión y a
la adquisición de las riquezas. De este modo somos verdaderos discípulos de la
escuela de la primitiva Iglesia, en la cual nadie decía que algo era suyo, sino
que todas las cosas eran de todos. De esta manera el corazón está libre de las
preocupaciones materiales, para que nuestro corazón esté donde esta nuestro
tesoro, que es en Cristo y en la Iglesia.
Capítulo
34: SI TODOS HAN DE RECIBIR
IGUALMENTE LO NECESARIO
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stá escrito: «Se distribuía según lo
que necesitaba cada uno». 2Pero con esto no queremos decir que haya
discriminación de personas, ¡no lo permita Dios!, sino consideración de las
flaquezas. 3Por eso, aquel que necesite menos, dé gracias a Dios y
no se entristezca; 4pero el que necesite más, humíllese por sus
flaquezas y no se enorgullezca por las atenciones que le prodigan. 5Así
todos los miembros de la comunidad vivirán en paz. 6Por encima de
todo es menester que no surja la desgracia de la murmuración en cualquiera de
sus formas, ni de palabra, ni con gestos, por motivo alguno. 7Y, si
alguien incurre en este vicio, será sometido a un castigo muy severo.
Declaración
art. 15-17
Art. 15. Nuestra Orden es, ante todo, una realidad social. Está
formada, en efecto, por diversas Congregaciones, diversos monasterios y por
individuos, unidos entre sí por múltiples relaciones. Cada uno de nosotros debe
formarse una verdadera imagen de esta realidad concreta, no limitándose a
conocer la estadística de los monjes, sino ante todo su vocación, sus
obligaciones, sus aspiraciones y las circunstancias concretas en las cuales los
miembros de la orden viven su vocación.
Hoy existen monasterios cistercienses en
Europa, en Asia, en África y en las dos Américas, en condiciones culturales y
económicas muy diversas. Algunos de entre ellos están en tierras de misión,
pero la mayor parte están diseminados en aquella parte de la tierra que, hasta
nuestros días, ha estado impregnada de tradiciones cristianas, y que en gran
parte lo está aún. Algunos de nuestros monjes pertenecen a la llamada Iglesia
oriental (los monjes etíopes) mientras que los demás difieren entre sí por
razón de lengua, mentalidad así como por el tenor la vida propio de cada
región. Dado que la Orden tiene una diversidad geográfica, cultural, social y
eclesiológica constituye un estado de cosas muy complejo. En muchas cuestiones,
por así decirlo, cada comunidad tiene sus problemas y necesidades, derivadas de
sus circunstancias especiales.
La Orden Cisterciense mantiene relaciones amistosas
con las Comunidades de Amigos de nuestros actuales monasterios, con las de los
suprimidos y con las Comunidades Cistercienses que son de la Confesión
Augustana.
Art. 16. También aparece una gran variedad en el
género de vida a que cada monasterio se siente llamado. Algunos de nuestros
monasterios intentan llevar la vida que se conoce como contemplativa, mientras
que otros ejercen diversas obras de apostolado, tales como la cura pastoral en
las parroquias, educación de la juventud en las escuelas, varias obras propias
del ministerio sacerdotal, trabajos científicos y culturales, etc. La gran
mayoría de nuestros hermanos, en los monasterios masculinos, no solamente están
iniciados en el sacerdocio, sino que el ejercicio del sacerdocio ministerial
está considerado como parte integrante de su vocación. La proporción entre la
oración y el trabajo, la intensidad y la forma de contacto con el mundo
exterior, el valor da la actividad ejercida fuera del recinto del monasterio,
la naturaleza y la forma de vida comunitaria está concebida con tal diversidad,
que primero aparece la variedad antes que la unidad. Esta última puede
descubrirse mejor en las aspiraciones y valores de la vida monástica que en la
uniforme ordenación de la vida.
Art. 17. La diversidad, sin embargo, en algunos
aspectos y cuestiones fundamentales no es tanta que haga imposible para nuestra
Orden todo trabajo común de renovación, o al menos, casi superfluo.
Ciertamente, como ya hemos indicado, las Congregaciones y los monasterios han
de adoptar decisiones particulares sobre diversos puntos. Pero dado que
poseemos muchos valores que provienen de la tradición común, y en todas partes
tratamos de resolver casi los mismos problemas que tiene planteados nuestra
Madre la Iglesia contemporánea, y que además no son extraños al mundo actual,
que se asocia con gran rapidez, la elaboración de soluciones comunes en muchos
sectores de la vida, no sólo son provechosos y posibles, sino también
evidentemente necesarios. Las necesidades comunes exigen soluciones comunes en
los casos siguientes:
a) En las cuestiones referentes
a los medios fundamentales de la vida religiosa, como son los votos emitidos
según los consejos evangélicos, la vida comunitaria, el trabajo, el apostolado,
la vida litúrgica y similares;
b) En los
valores fundamentales de la vida monástica que corresponden a la tradición
espiritual de la Orden y a la vida espiritual de la Iglesia de hoy.
c) En los problemas generales de
la estructura jurídica de los monasterios, Congregaciones y Ordenes, en las
cuestiones que atañen el oficio de los superiores, y la participación
responsable de todos los religiosos en los asuntos del monasterio.
d) En las formas de cooperación
y ayuda mutua entre las diversas comunidades, en especial en cuanto a las
decisiones comunes y a los proyectos.
Todo cuanto establecemos de una manera
general, exige la ulterior aplicación a cada una de las congregaciones y
monasterios.
Capítulo 35: LOS SEMANEROS DE COCINA
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os hermanos han de servirse mutuamente, y
nadie quedará dispensado del servicio de la cocina, a no ser por causa de
enfermedad o por otra ocupación de mayor interés, 2porque con ello
se consigue una mayor recompensa y caridad. 3Mas a los débiles se
les facilitará ayuda personal, para que no lo hagan con tristeza; 4y
todos tendrán esta ayuda según las proporciones de la comunidad y las
circunstancias del monasterio. 5Si la comunidad es numerosa, el
mayordomo quedará dispensado del servicio de cocina, y también, como hemos
dicho, los que estén ocupados en servicios de mayor interés; 6todos
los demás sírvanse mutuamente en la caridad.
7El que va a terminar su turno de
semana hará la limpieza el sábado. 8Se lavarán los paños con los que
se secan los hermanos las manos y los pies. 9Lavarán también los
pies de todos, no sólo el que termina su turno, sino también el que lo
comienza. 10Devolverá al mayordomo, limpios y en buen estado, los
enseres que ha usado. 11El mayordomo, a su vez, los entregará al que
entra en el turno, para que sepa lo que entrega y lo que recibe.
12Cuando no haya más que una única
comida, los semaneros tomarán antes, además de su ración normal, algo de pan y
vino, 13para que durante la comida sirvan a sus hermanos sin
murmurar ni extenuarse demasiado. 14Pero en los días que no se ayuna
esperen hasta el final de la comida.
15Los semaneros que terminan y comienzan
la semana, el domingo, en el oratorio, inmediatamente después del oficio de
laudes, se inclinarán ante todos pidiendo que oren por ellos. 16Y el
que termina la semana diga este verso: «Bendito seas, Señor Dios, porque me has
ayudado y consolado». 17Lo dirá por tres veces y después recibirá la
bendición. Después seguirá el que comienza la semana con este verso: «Dios mío,
ven en mi auxilio; Señor, date prisa en socorrerme». 18Lo repiten
también todos tres veces, y, después de recibir la bendición, comienza su
servicio.
Declaración
art. 108-109
Art. 108. San Benito en su Regla no trata
de la unión de diversos monasterios entre sí, sino tan solo se preocupa de la
organización interna del monasterio. En el transcurso de la historia, sin
embargo, aparecieron diversas formas de unión de monasterios, cuyo fin era
procurar que se llevase una vida religiosa en los monasterios. En
ciertas uniones de este género, se evitaron los peligros de un
aislamiento mediante la formación de una congregación, en la cual, sin embargo,
se conservó la autonomía legítima de los monasterios; en otras, en cambio, se
llegó a una forma centralizada, en la cual los diversos monasterios dependían
de una abadía central, tal como fue en Cluny, y también en las fundaciones de
Molesmes.
Art.
109. Los
Fundadores de Cister, mediante los principios expuestos en la Carta de Caridad,
se esforzaron en asegurar la autonomía legítima de los monasterios, y a la vez
la unión necesaria y la mutua ayuda por medio de los Capítulos Generales y las
visitas anuales. Sin embargo, debido al ingente crecimiento de la Orden, y también
al cambio de ciertas condiciones de la vida a lo largo de los años, aparecieron
las Congregaciones, que ya hemos mencionado antes brevemente.
Así pues nuestra Orden consta de hecho según
definió este Capítulo General Especial de modo explícito, de las siguientes
Congregaciones monásticas:
1)Congregación de la Regular observancia de S. Bernardo o de Castilla,
2)Congregación de S. Bernardo en Italia,
3)Congregación de la Corona de Aragón,
4)Congregación de Mehrerau,
5)Congregación de María, Medianera de todas
las gracias, en Bélgica y Holanda,
6)Congregación Austriaca,
7)Congregación de la Inmaculada Concepción,
o de Sénanque,
8)Congregación de Zirc,
9)Congregación del Purísimo Corazón de María,
en Bohemia,
10)Congregación de Casamari,
11)Congregación de María, Reina del
cielo y de la tierra, en Polonia,
12)Congregación de la Santa Cruz, en Brasil,
y
13)Congregación de la Sagrada Familia, en
Vietnam.
Además existen algunos monasterios de hombres
o mujeres que no pertenecen a ninguna de las citadas congregaciones.
Las Federaciones de Monasterios de
Monjas, que son de derecho pontificio, tienen grandes méritos y continuara su
trabajo para utilidad de los monasterios y de la Orden.
Capítulo 36º: LOS HERMANOS ENFERMOS
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A |

nte todo y por encima de todo lo demás, ha de cuidarse de
los enfermos, de tal manera que se les sirva como a Cristo en persona, 2
porque él mismo dijo: «Estuve enfermo, y me visitasteis»; 3 y: «Lo
que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis». 4 Pero
piensen también los enfermos, por su parte, que se les sirve así en honor a
Dios, y no sean impertinentes por sus exigencias caprichosas con los hermanos
que les asisten. 5 Aunque también a éstos deben soportarles con
paciencia, porque con ellos se consigue un premio mayor. 6 Por eso
ha de tener el abad suma atención, para que no padezcan negligencia alguna.
7 Se destinará un lugar especial para
los hermanos enfermos, y un enfermero temeroso de Dios, diligente y solícito. 8
Cuantas veces sea necesario, se les concederá la posibilidad de bañarse; pero a
los que están sanos, y particularmente a los jóvenes, se les permitirá más raramente.
9 Asimismo, los enfermos muy débiles podrán tomar carne, para que se
repongan; pero, cuando ya hayan convalecido, todos deben abstenerse de comer
carne, como es costumbre.
10 Ponga el abad sumo empeño en que los
enfermos no queden desatendidos por los mayordomos y enfermeros, pues sobre él
recae la responsabilidad de toda falta cometida por sus discípulos.
Declaración art. 56
Art. 56. El monje, siguiendo su vocación,
considera la reunión de los hermanos en el monasterio como la familia de Dios y
también su propia familia. Sabe muy bien que Cristo está presente en el
monasterio de un modo especial, ya que está presente en cualquier lugar en el
cual dos o tres personas se reúnen en su nombre. Nosotros deseamos ordenar
nuestra vida de tal manera que realice una vez más el ejemplo de la Iglesia
primitiva, ejemplo que exige unidad de corazones y de espíritus, no solamente
en la oración, en la doctrina de los Apóstoles, en la comunión de la fracciono
del pan y en la común posesión de los bienes materiales, sino también en la
comunidad de fines, de obligaciones, de responsabilidades y de acción. Al igual
que el Apóstol, que deseaba alegrarse con los que estaban alegres, y llorar con
los que lloraban, así también es necesario que la prosperidad o la adversidad,
las alegrías o las tristezas, las dificultades y las ventajas de cada uno de
los hermanos las sintamos como propias. Pero lo que más debe atraer la
solicitud de los hermanos es la vida espiritual del monasterio, de modo que
todos se sientan responsables en cierto modo de la salvación eterna y de la
perseverancia en la vocación de los demás. De este modo la misma vida de
comunidad sirve de dirección espiritual, en sentido amplio, en cuanto fortifica
a los débiles, anima a los tímidos, excita el celo de los negligentes y cada
día nos recuerda a todos los valores de nuestra vida de servicio.
Capítulo 37º: LOS ANCIANOS Y NIÑOS
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pesar de que la misma naturaleza humana se inclina de por sí a la indulgencia con estas dos edades, la de los ancianos y la de los niños, debe velar también por ellos la autoridad de la regla. 2 Siempre se ha de tener en cuenta su debilidad, y de ningún modo se atendrán al rigor de la regla en lo referente a la alimentación, 3 sino que se tendrá con ellos una bondadosa consideración y comerán antes de las horas reglamentarias.
Declaración
art. 32
Art. 32. Hoy más que nunca somos conscientes de la dignidad y de la libertad de
la persona humana. Sabemos que Dios os
atrae hacia Él no a la fuerza, sino mediante nuestra adhesión personal.
Justamente, el hombre de nuestro
tiempo rechaza las imposiciones que oprimen la personalidad, ya que nadie es
capaz de llevar a término una obra que agrade a Dios, si se ve obligado sea por
la fuerza, sea por el temor. La sicología por añadidura ha demostrado
suficientemente la gran importancia que tiene para la entera vida humana el
desarrollo de la personalidad, que incluso en nuestro ambiente ha de ser tenida
en gran consideración.
Capítulo 38º: EL LECTOR DE SEMANA
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n la mesa
de los hermanos
nunca debe faltar la lectura; pero no debe leer el que espontáneamente coja el
libro, sino que ha de hacerlo uno determinado durante toda la semana,
comenzando el domingo. 2 Este comenzará su servicio pidiendo a todos
que oren por él después de la misa y de la comunión para que Dios aparte de él
la altivez de espíritu. 3 Digan todos en el oratorio por tres veces
este verso, pero comenzando por el mismo lector: «Señor, ábreme los labios, y
mi boca proclamará tu alabanza». 4 Y así, recibida la bendición, comenzará
su servicio.
5 Reinará allí un silencio absoluto, de
modo que no se perciba rumor alguno ni otra voz que no sea la del lector. 6
Para ello sírvanse los monjes mutuamente las cosas que necesiten para comer y
beber, de suerte que nadie precise pedir cosa alguna. 7 Y si algo se
necesita, ha de pedirse con el leve sonido de un signo cualquiera y no de
palabra. 8 Ni tenga allí nadie el atrevimiento de preguntar nada
sobre la lectura misma o cualquier otra cosa, para no dar ocasión de hablar; 9
únicamente si el superior quiere, quizá, decir brevemente algunas palabras de
edificación para los hermanos.
10 El hermano lector de semana puede
tomar un poco de vino con agua antes de empezar a leer por razón de la santa
comunión y para que no le resulte demasiado penoso permanecer en ayunas. 11
Y coma después con los semaneros de cocina y los servidores.
12 Nunca lean ni canten todos los
hermanos por orden estricto, sino quienes puedan edificar a los oyentes.
Declaración
art. 110-112
Art. 110. Los principios de subsidiariedad y de
pluralismo legítimo tienen una gran importancia en la estructuración de las
Congregaciones. Todo aquello que cada monasterio por su parte, y con
competencia eficaz y conocimiento de las condiciones locales, puede llevar a
cabo, debe quedar de su incumbencia. Los órganos superiores de las
Congregaciones tienen por misión ayudar con su consejo fraterno los propósitos
de las diversas comunidades, coordinar sus esfuerzos hacia los fines comunes y,
si los hubiese, corregir los abusos; así como representar dichas comunidades
ante las autoridades eclesiásticas y civiles. De acuerdo con el principio del
pluralismo, han de ser reconocidas las notas específicas y las ocupaciones
especiales de los diversos monasterios, y la diversidad de los carismas, todo
lo cual ha de ser orientado hacia la concordia de los fines comunes sin que
esto ponga en peligro la unidad de la Congregación.
Art. 111. A pesar del principio del pluralismo, entre los
monasterios existe en muchas ocasiones no solamente el vínculo de una
organización jurídica, sino también un ideal común. La descripción de este
ideal y de los principales medios para alcanzarlo ha de hacerse en las
constituciones de cada Congregación, elaboradas por el Capítulo de la propia
congregación, después de haber consultado las comunidades interesadas, y,
finalmente, aprobadas por la Santa Sede.
Art. 112. La
unión de nuestros monasterios bajo la autoridad del Capítulo de la respectiva
Congregación y bajo el Abad Presidente tiene como fin, principalmente, procurar
que en los dichos monasterios florezca la vida cisterciense en todo su fervor;
que la observancia regular pueda ser mantenida mucho más fácilmente; que se
puedan prestar sin pérdida de tiempo los auxilios de la mutua caridad en las
circunstancias necesarias; que los esfuerzos de las diversas comunidades puedan
ser coordinados en orden a un plan que exige el trabajo de todos; que se puedan
impugnar más eficazmente los obstáculos que dificultan, la vida de los
monasterios; que puedan realizarse con mayor seguridad y facilidad aquellas tareas
que la Iglesia y la sociedad moderna espera de los monasterios Además de este
fin común, cada Congregación de la Orden puede tener un fin especial, el cual
ha de ser enunciado con toda claridad en las constituciones propias.
Capítulo 39º: LA RACIÓN DE COMIDA

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C |
reemos que es suficiente en todas las mesas
para la comida de cada día, tanto si es a la hora de sexta como a la de nona,
con dos manjares cocidos, en atención a la salud de cada uno, 2 para
que, si alguien no puede tomar uno, coma del otro. 3 Por tanto,
todos los hermanos tendrán suficiente con dos manjares cocidos, y, si hubiese
allí fruta o legumbres tiernas, añádase un tercero. 4 Bastará para
toda la jornada con una libra larga de pan, haya una sola refección, o también
comida y cena, 5 Porque, si han de cenar, guardará el mayordomo la
tercera parte de esa libra para ponerla en la cena.
6 Cuando el trabajo sea más duro, el
abad, si lo juzga conveniente, podrá añadir algo más, 7 con tal de
que, ante todo, se excluya cualquier exceso y nunca se indigeste algún monje, 8
porque nada hay tan opuesto a todo cristiano como la glotonería, 9
como dice nuestro Señor: «Andad con cuidado para que no se embote el espíritu
con los excesos».
10
A los niños
pequeños no se les ha de dar la misma cantidad, sino menos que a los mayores,
guardando en todo la sobriedad.
11 Por lo demás, todos han de abstenerse absolutamente de la
carne de cuadrúpedos, menos los enfermos muy débiles.
Declaración
art. 113-114, 118
Art. 113. El Capítulo de la Congregación
es la suprema potestad en cada Congregación, de acuerdo con los principios
antes expuestos. Estará formado por todos los Superiores mayores y por
delegados, con voz deliberativa, los cuales serán elegidos para este oficio por
todos los miembros de la Congregación, de acuerdo con las Constituciones de la
propia Congregación.
Art. 114. La función principal del Capítulo de la
Congregación es ser foro de deliberación fraterna y de legislación, con el fin
de:
a) Elaborar constituciones
adaptadas a nuestro tiempo, en las cuales se determinen claramente los fines,
los ideales, y las ocupaciones comunes de la Congregación.
b) Preparar y publicar los Usos,
Declaraciones y demás Instrucciones, mediante las cuales los principios de las
Constituciones de la Congregación se acomodan a las exigencias de los tiempos y
lugares.
c) Investigar nuevas
posibilidades de vida y trabajo; comunicar y coordinar las experiencias y los
intentos de cada uno de los monasterios para utilidad de todos.
d) Elaborar proyectos y planes a
realizar con la contribución de los esfuerzos esfuerzos de todos; tratar de
hallar solución a las dificultades mediante un empeño común.
e) Promover un uso mejor y más
razonable de las energías materiales y personales de todos los miembros de la
Congregación.
Para proveer al máximo al bien común, es
sumamente importante que el Capítulo de la Congregación se reúna a menudo, y si
aparece útil, será conveniente que se celebren otras reuniones de los miembros
del Capitulo.
Art. 118. Las
Congregaciones tienen una importancia vital en nuestra Orden: ya que, de un
lado, los diversos monasterios son demasiado pequeños y débiles para que puedan
vivir y trabajar en una plena y absoluta independencia y suficiencia
(autarquía); de otro lado, la Orden misma contiene una diversidad y
discrepancia tal en la observancia, en las formas y tareas de la vida, que no
puede ser gobernada mediante normas y métodos uniformes. Así, la Congregación
es o debe ser aquella unidad de acción, viva y concreta, que aúna las fuerzas
de diversas casas que poseen los mismos ideales y las mismas tareas. De ahí se
sigue la necesidad y la utilidad de las Congregaciones en la estructura de
nuestra Orden.
Capítulo 40º: LA RACIÓN DE BEBIDA
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ada cual tiene de Dios un don
particular, uno de una manera y otro de otra (1ª Cor 7,7); 2 por eso, con algún escrúpulo fijamos
para otros la medida del sustento; 3sin embargo, considerando la
flaqueza de los débiles, creemos que basta a cada cual una hemina de vino al
día. 4Pero aquellos a quienes da Dios el poder de abstenerse, sepan
que tendrán especial galardón.
5Mas si la necesidad del lugar, o el trabajo, o el calor del estío
exigieren más, esté ello a la discreción del superior, procurando que jamás se
dé lugar a la saciedad o a la embriaguez. 6Aunque leemos que el vino
es en absoluto impropio de monjes, sin embargo, como en nuestros tiempos no se
les puede convencer de ello, convengamos siquiera en no beber hasta la
saciedad, sino con moderación: 7porque el vino hace
apostatar aun a los sabios (Si 19,2).
8No obstante, donde las condiciones del lugar no permitan adquirir
siquiera la sobredicha medida, sino mucho menos o nada absolutamente, bendigan
a Dios los que allí viven y no murmuren; 9advertimos sobre todo: que
eviten a todo trance la murmuración.
Declaración
art. 119-120
Art. 119. Nuestras Congregaciones se unen
entre sí para formar la Orden Cisterciense, ya sea en virtud del fin e ideal
común, ya sea por razón de las estructuras comunes y de los órganos
jurídicos. El fin primario de esta unión es la mutua comunicación, la mutua
ayuda práctica para el mantenimiento y perfeccionamiento de la vida
monástica.
Nuestras Congregaciones, debido a las
diferencias en la evolución histórica, y en las condiciones culturales y
sociales, presentan diferencias notables tanto en las formas y tradiciones
monásticas, como en las tareas y ocupaciones. Estas diferencias, sin
embargo, no destruyen la unidad superior de la Orden; más aun, si los
carismas distintos, fruto de la variada gracia de Dios, se distribuyen y comunican
en bien de todos, esto sirve para aumentar el vigor y la vitalidad de la Orden.
Es sumamente necesario que este pluralismo se comprenda bajo el punto de vista
de su positiva significación social y espiritual, y las fuerzas diversas,
que se complementan, se unan para una cooperación práctica y eficaz.
Art. 120. El Capítulo General de la orden es el
órgano central de la deliberación fraterna, y también órgano legislativo
y judicial, quedando a salvo la autonomía legítima que según el derecho
común y particular corresponde a cada Congregación y a cada monasterio.
La función del Capítulo General es promover
la consecución del ideal común de la orden.
Así pues es de su incumbencia:
a) Declarar y explicar los
valores fundamentales que constituyen nuestra común vocación (cristiana,
religiosa, monástica y cisterciense), aun cuando estos valores no puedan ser
llevados a la práctica por todos de la misma manera.
b) Promover de modo eficaz la
comunicación entre las diversas Congregaciones, la mutua ayuda y la cooperación
en las funciones comunes.
Capítulo 41º: A QUÉ HORAS DEBEN COMER LOS MONJES
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esde la santa Pascua hasta Pentecostés, los
hermanos comerán a sexta y cenarán al atardecer.
2 A partir de Pentecostés, durante el
verano, ayunarán hasta nona los miércoles y viernes, si es que los monjes no
tienen que trabajar en el campo o no resulta penoso por el excesivo calor. 3
Los demás días comerán a sexta. 4 Continuarán comiendo a la hora
sexta, si tienen trabajo en los campos o si es excesivo el calor del verano,
según lo disponga el abad, 5 quien ha de regular y disponer todas
las cosas de tal modo, que las almas se salven y los hermanos hagan lo
dispuesto sin justificada murmuración.
6 Desde los idus de septiembre hasta el
comienzo de la cuaresma, la comida será siempre a la hora nona.
7 Pero durante la cuaresma, hasta
Pascua, será a la hora de vísperas. 8 Mas el oficio de vísperas ha
de celebrarse de tal manera, que no haya necesidad de encender las lámparas
para comer, sino que todo se acabe por completo con la luz del día. 9
Y dispóngase siempre así: tanto la hora de la cena como la de la comida se ha
de calcular de modo que todo se haga con luz natural.
Declaración art.
121-122
Art. 121. La función estrictamente legislativa del
Capítulo General, aun cuando tiene su importancia, en nuestros tiempos ya no es
su función primaria. Debido a la diversidad de formas y aspectos de la vida de
nuestras comunidades, así como también a la rapidísima evolución de las
condiciones de vida, una regulación uniforme mediante leyes propiamente dichas
aparece como algo imposible o inútil. En consecuencia, el Capítulo General
raras veces establecerá leyes que obliguen a todos los monasterios y monjes de
la Orden, limitándose a dar normas generales que después, según las necesidades
particulares de las regiones o de las Congregaciones deberán ser adaptadas.
Mientras de una parte se restringe el campo de la función legislativa del
Capítulo General, de otra parte aumenta la importancia de las otras actividades
del Capítulo que ya hemos indicado (interpretación de los fines y valores;
deliberación fraterna de mutua ayuda en los casos comunes, etc.)
Art. 122. En los primeros siglos de la Orden, de
acuerdo con las prescripciones de la Carta de Caridad y de los Romanos
Pontífices, se celebraba el Capítulo General todos los años. En nuestros
tiempos, debido a la frecuencia de los capítulos de las diversas Congregaciones
de una parte, y de otra a causa de los gastos del viaje al Capítulo, que son
sumamente gravosos para ciertos miembros, el Capítulo General se celebra más
espaciadamente, cada cinco años. Con más frecuencia tendrá lugar la reunión del
Sínodo de la Orden.
El Sínodo de la Orden es un colegio convocado
con el fin de discutir los asuntos relativos a toda la Orden para proponer al
Capítulo General las cuestiones que han de decidirse, y, en el caso de una
cierta urgencia, de acuerdo con las Constituciones de la Orden, tomar una
determinación previa en espera de la decisión definitiva del próximo Capítulo
General.
Corresponde al Sínodo también urgir la puesta
en práctica de las decisiones de la Santa Sede o del Capítulo General, según
las necesidades; recoger informaciones fidedignas del estado de la Orden, con
el fin de promover mejor a su buena marcha; examinar las relaciones que el Abad
General presente del estado general de la Orden, y los abades presidentes del
estado de la propia congregación.
Capítulo 42º: EL SILENCIO DESPUÉS DE COMPLETAS
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E |

n todo
tiempo han de cultivar los monjes el silencio, pero muy especialmente a las
horas de la noche. 2 En todo tiempo, sea o no de ayuno 3
-si se ha cenado, en cuanto se levanten de la mesa-, se reunirán todos sentados
en un lugar en el que alguien lea las Colaciones, o las Vidas de los
Padres, o cualquier otra cosa que edifique a los oyentes; 4 pero
no el Heptateuco o los libros de los Reyes, porque a los espíritus débiles no les hará bien escuchar a
esas horas estas Escrituras; léanse en otro momento.
5 Si es un día de ayuno, acabadas las
vísperas, acudan todos, después de un breve intervalo, a la lectura de las
Colaciones, como hemos dicho; 6 se leerán cuatro o cinco hojas, o lo
que el tiempo permita, 7 para que durante esta lectura se reúnan
todos, si es que alguien estaba antes ocupado en alguna tarea encomendada. 8
Cuando ya estén todos reunidos, celebren el oficio de completas, y ya nadie
tendrá autorización para hablar nada con nadie. 9 Y si alguien es
sorprendido quebrantando esta regla del silencio, será sometido a severo
castigo, 10 a no ser que lo exija la obligación de atender a los
huéspedes que se presenten o que el abad se lo mande a alguno por otra razón; 11
en este caso lo hará con toda gravedad y con la más delicada discreción.
Declaración
art. 124-125
Art. 124. Nuestra Orden tiene mucho de común, como es natural, con las demás
órdenes monásticas. Por tanto, es sumamente importante la colaboración con
ellas en todos aquellos aspectos que son comunes a todos los monjes, como por
ejemplo, favorecer los estudios del patrimonio monástico, en la investigación
de las cuestiones litúrgicas, en la solución de los problemas jurídicos, en la
formación e instrucción de novicios y juniores, en encontrar nuevas y aptas
formas de vida comunitaria, de la distribución del tiempo o de la manera de
gobernar.
Conviene además que oremos los unos por los
otros, que nos prestemos con gusto y caridad una ayuda mutua, y que nos
comuniquemos del mejor modo posible cuanto acaece en la orden, las
Congregaciones y los monasterios.
Art. 125. Nuestra Orden, nuestras Congregaciones, nuestros monasterios junto con
todos los monjes y monjas -si bien no del mismo modo- han sido declarados
exentos de la jurisdicción de los ordinarios de lugar por los Romanos
Pontífices, en virtud de su función primacial en toda la Iglesia, con el fin de
asegurar mejor la perfección de la vida monástica, según la índole propia de
nuestra Orden. Esta exención, sin embargo, no impide que nuestros monasterios,
en ciertos aspectos, según las normas del derecho común y particular, estén
sometidos a la jurisdicción de los obispos, ni tampoco que nuestros
monasterios, según su propia vocación, colaboren íntimamente con la iglesia
local.